El envejecimiento
demográfico en Europa.

Europa envejece de forma progresiva y rápida. Estamos en el
inicio de un fenómeno poblacional que está trastocando las estructuras
demográficas y que tiene amplias repercusiones sociales, económicas y
culturales. Se trata de una revolución silenciosa que avanzará a lo largo del
siglo XXI y demanda cambios importantes en nuestra sociedad respecto al grupo
de población protagonista: las personas mayores. El envejecimiento de la
población es uno de los resultados de la evolución de los componentes del
cambio demográfico, el descenso de la mortalidad y su derivado aumento de la
esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Este cambio incide tanto en el
crecimiento de la población como en su composición por edades. En la medida en
que avanza la transición demográfica y se producen descensos de la mortalidad,
y principalmente de la fecundidad, se asiste a un proceso paulatino de
envejecimiento de la población (Chackiel, 2004). Los cambios en la fecundidad y
la mortalidad, traen como consecuencia el descenso del ritmo de crecimiento
medio anual de la población y una estructura por edades cada vez más
envejecida. Esta modificación tan profunda de la conducta reproductiva,
conlleva un complejo conjunto de cambios sociodemográficos y culturales (Villa
y Rivadeneira, 2000). La relación directa que tiene la baja fecundidad con el
envejecimiento es que, al incorporarse un menor número de individuos en el
grupo etario de 0 a 4 años, el peso del resto de los grupos de edad aumenta, y
por ende la proporción de personas mayores tiende a incrementarse (lo que se
expresa en la contracción del escalón inferior de la pirámide de edades). A
medida que pasa el tiempo y persiste el descenso por un tiempo prolongado, se
genera un “envejecimiento por el centro”. El peso de los grupos de las edades
centrales es mayor y la pirámide tiende hacia una forma rectangular.
Posteriormente, y en la medida en que su efecto se combine con el de la
disminución de la mortalidad en las edades avanzadas, origina estructuras
etarias con una cúspide amplia y una base estrecha (Villa y Rivadeneira, 2000).
Sólo en España, los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que
actualmente hay censadas un total de 7.877.778 personas con 65 años o más, lo
que supone el 17,06% de la población española (INE, 2011). España ocupa el
cuarto lugar en el escalafón de países más envejecidos del mundo, encabeza la
lista Japón, seguida de Italia y Alemania (Naciones Unidas, 2010). La
estructura demográfica actual de la población de España y las tendencias
demográficas actuales nos llevarán a un escenario de reducidas tasas de
crecimiento poblacional futuro, el cual supondrá un incremento de 2,1 millones
de habitantes en los próximos 40 años. El crecimiento demográfico será, además,
progresivamente decreciente en las próximas décadas. La simulación realizada
por el Instituto Nacional de Estadística en 2010, muestra también el progresivo
envejecimiento al que se enfrenta nuestra estructura demográfica, que se
observa de forma evidente en la evolución de la pirámide poblacional de España.
Los mayores crecimientos absolutos y relativos en los
próximos 40 años se concentrarán en las edades avanzadas. Concretamente, el
grupo de edad de mayores de 64 años se duplicará en tamaño y pasará a
constituir el 31,9% de la población total de España. Por otro lado, la
población de 0 a 15 años se incrementará en 157 mil personas (un 2,2%), lo que
se derivará de la prolongación futura de las tendencias al crecimiento de la
fecundidad actualmente observada. Sin embargo, la población de 16 a 64 años, se
verá disminuida en más de medio millón de efectivos, un 18,4% de su volumen
actual. Con ello, por cada 10 personas en edad de trabajar, en 2049 residirán
en España casi nueve personas potencialmente inactivas (menor de 16 años o
mayor de 64). Es decir, la tasa de dependencia se elevará hasta el 89,6%. La
continuidad futura de las tendencias recientes de la fecundidad llevará al
número medio de hijos por mujer hasta un nivel de 1,71 en 2048. El número de
nacidos no volverá a elevarse hasta 2028, una vez superado el efecto sobre la
pirámide poblacional femenina que produjo la crisis de natalidad de los años
80. Por otro lado, de mantenerse los ritmos actuales de reducción de la
incidencia de la mortalidad por edad sobre la población de España, la esperanza
de vida al nacimiento alcanzaría los 84,3 años en los varones y los 89,9 años
en las mujeres en 2048. No obstante, el mayor tamaño poblacional y una
estructura demográfica cada vez más envejecida producirán un continuo
crecimiento del número anual de defunciones. Con ello, el saldo entre
nacimientos y defunciones entraría en una dinámica continuamente decreciente.
De hecho, dicho excedente vegetativo, tras haber alcanzado su máximo de las
últimas décadas en 2008, acabará tornándose en negativo a partir de 2020, lo
cual supondrá un fuerte freno al crecimiento poblacional A la vista de las
proyecciones de futuro y dado que el envejecimiento de la población seguirá
aumentando en las próximas décadas, se hace necesario aplicar cambios en las
políticas sociales, sobre todo en aquellas destinadas a la población mayor, ya
que no solo están aumentando en número sino que están cambiando algunas de sus
características personales y sociales. Por tanto se deben consideran nuevas
formas de valorar a la persona anciana desde una postura más positiva, que
supere las teorías centradas sólo en el déficit. Esta reflexión nos lleva a
considerar el envejecimiento como un proceso natural, una etapa más del
desarrollo evolutivo humano, en la que existen ganancias y pérdidas,
planteamiento ampliamente recogido en las teorías del Ciclo Vital (Baltes,
1987; Heckhausen, Dixon y Baltes, 1989).
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