domingo, 19 de junio de 2016

El envejecimiento demográfico en Europa.
Europa envejece de forma progresiva y rápida. Estamos en el inicio de un fenómeno poblacional que está trastocando las estructuras demográficas y que tiene amplias repercusiones sociales, económicas y culturales. Se trata de una revolución silenciosa que avanzará a lo largo del siglo XXI y demanda cambios importantes en nuestra sociedad respecto al grupo de población protagonista: las personas mayores. El envejecimiento de la población es uno de los resultados de la evolución de los componentes del cambio demográfico, el descenso de la mortalidad y su derivado aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Este cambio incide tanto en el crecimiento de la población como en su composición por edades. En la medida en que avanza la transición demográfica y se producen descensos de la mortalidad, y principalmente de la fecundidad, se asiste a un proceso paulatino de envejecimiento de la población (Chackiel, 2004). Los cambios en la fecundidad y la mortalidad, traen como consecuencia el descenso del ritmo de crecimiento medio anual de la población y una estructura por edades cada vez más envejecida. Esta modificación tan profunda de la conducta reproductiva, conlleva un complejo conjunto de cambios sociodemográficos y culturales (Villa y Rivadeneira, 2000). La relación directa que tiene la baja fecundidad con el envejecimiento es que, al incorporarse un menor número de individuos en el grupo etario de 0 a 4 años, el peso del resto de los grupos de edad aumenta, y por ende la proporción de personas mayores tiende a incrementarse (lo que se expresa en la contracción del escalón inferior de la pirámide de edades). A medida que pasa el tiempo y persiste el descenso por un tiempo prolongado, se genera un “envejecimiento por el centro”. El peso de los grupos de las edades centrales es mayor y la pirámide tiende hacia una forma rectangular. Posteriormente, y en la medida en que su efecto se combine con el de la disminución de la mortalidad en las edades avanzadas, origina estructuras etarias con una cúspide amplia y una base estrecha (Villa y Rivadeneira, 2000). Sólo en España, los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que actualmente hay censadas un total de 7.877.778 personas con 65 años o más, lo que supone el 17,06% de la población española (INE, 2011). España ocupa el cuarto lugar en el escalafón de países más envejecidos del mundo, encabeza la lista Japón, seguida de Italia y Alemania (Naciones Unidas, 2010). La estructura demográfica actual de la población de España y las tendencias demográficas actuales nos llevarán a un escenario de reducidas tasas de crecimiento poblacional futuro, el cual supondrá un incremento de 2,1 millones de habitantes en los próximos 40 años. El crecimiento demográfico será, además, progresivamente decreciente en las próximas décadas. La simulación realizada por el Instituto Nacional de Estadística en 2010, muestra también el progresivo envejecimiento al que se enfrenta nuestra estructura demográfica, que se observa de forma evidente en la evolución de la pirámide poblacional de España.

Los mayores crecimientos absolutos y relativos en los próximos 40 años se concentrarán en las edades avanzadas. Concretamente, el grupo de edad de mayores de 64 años se duplicará en tamaño y pasará a constituir el 31,9% de la población total de España. Por otro lado, la población de 0 a 15 años se incrementará en 157 mil personas (un 2,2%), lo que se derivará de la prolongación futura de las tendencias al crecimiento de la fecundidad actualmente observada. Sin embargo, la población de 16 a 64 años, se verá disminuida en más de medio millón de efectivos, un 18,4% de su volumen actual. Con ello, por cada 10 personas en edad de trabajar, en 2049 residirán en España casi nueve personas potencialmente inactivas (menor de 16 años o mayor de 64). Es decir, la tasa de dependencia se elevará hasta el 89,6%. La continuidad futura de las tendencias recientes de la fecundidad llevará al número medio de hijos por mujer hasta un nivel de 1,71 en 2048. El número de nacidos no volverá a elevarse hasta 2028, una vez superado el efecto sobre la pirámide poblacional femenina que produjo la crisis de natalidad de los años 80. Por otro lado, de mantenerse los ritmos actuales de reducción de la incidencia de la mortalidad por edad sobre la población de España, la esperanza de vida al nacimiento alcanzaría los 84,3 años en los varones y los 89,9 años en las mujeres en 2048. No obstante, el mayor tamaño poblacional y una estructura demográfica cada vez más envejecida producirán un continuo crecimiento del número anual de defunciones. Con ello, el saldo entre nacimientos y defunciones entraría en una dinámica continuamente decreciente. De hecho, dicho excedente vegetativo, tras haber alcanzado su máximo de las últimas décadas en 2008, acabará tornándose en negativo a partir de 2020, lo cual supondrá un fuerte freno al crecimiento poblacional A la vista de las proyecciones de futuro y dado que el envejecimiento de la población seguirá aumentando en las próximas décadas, se hace necesario aplicar cambios en las políticas sociales, sobre todo en aquellas destinadas a la población mayor, ya que no solo están aumentando en número sino que están cambiando algunas de sus características personales y sociales. Por tanto se deben consideran nuevas formas de valorar a la persona anciana desde una postura más positiva, que supere las teorías centradas sólo en el déficit. Esta reflexión nos lleva a considerar el envejecimiento como un proceso natural, una etapa más del desarrollo evolutivo humano, en la que existen ganancias y pérdidas, planteamiento ampliamente recogido en las teorías del Ciclo Vital (Baltes, 1987; Heckhausen, Dixon y Baltes, 1989).

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