Concepto de
envejecimiento.
A la hora de definir
que entendemos por envejecimiento, tenemos que abordar el tema desde
planteamientos multidimensionales e interdisciplinarios, dada la gran cantidad
de disciplinas como la medicina, la psicología, la sociología, la filosofía y
la historia que han hecho sus aportaciones para contribuir al estudio y
definición de este concepto. Tanto en la ciencia como en la sociedad han
existido dimensiones importantes que se han utilizado para definir la vejez. En
particular pueden identificarse tres vertientes más comunes: 1. La biológica.
Incluye una definición de la vejez desde dos dimensiones principalmente: la
función del patrón de referencia cronológica y, a partir de los cambios
morfofuncionales de cuya declinación depende el grado de envejecimiento
(García, 2003). 2. La psicológica. Incluye también, por lo menos, dos
dimensiones más sobresalientes de estudio: primera, la de los cambios en los
procesos psicológicos básicos, y el desarrollo que estos presentan; y, segunda,
la que se refiere al estudio de la personalidad y sus cambios. 3. La social.
Esta dimensión parte del estudio de 3 dimensiones: la sociodemográfica, que
implica el crecimiento poblacional y sus efectos endógenos y exógenos; la
sociopolítica, que implica el nivel de participación y de integración social de
las personas mayores, y; la económica política, que incluye el estudio de los
recursos y condiciones socioeconómicas de las personas en la vejez. A partir de
estas dimensiones pueden encontrarse diversas aproximaciones sobre el concepto
de vejez. Existe también una diversidad de formas conceptuales a las que se
recurren como: vejez, senectud, ancianidad, tercera edad, adultez tardía. La
utilización de estos términos remite a esta edad generalmente como un producto,
mientras que términos como envejecimiento o senilidad refieren, aparentemente,
a la idea de un proceso. A continuación, presentaremos una revisión de algunas
de las definiciones que se han generado sobre la vejez y que permiten tener un
panorama general de las aproximaciones conceptuales a las que se ha llegado
para plantear, entonces, una aproximación psicosocial de la vejez. Las primeras
definiciones de la vejez desde un planteamiento científico aparecieron en los
años cincuenta, momento en el que las investigaciones médico-científicas
cobraban un mayor auge. Peter Medawar en 1953 decía que: “la vejez es el cambio
fisiológico que sufre el individuo, cuyo término inevitablemente es la muerte”.
El biólogo Alex Comfort (1956) consideraba en esos mismos años a la senectud como
un proceso de deterioro: “Lo que mide, cuando lo medimos, es una disminución en
viabilidad y un aumento en vulnerabilidad… se muestra como una creciente
probabilidad de muerte con el aumento de la edad cronológica”. Desde esta
perspectiva médica, las primeras definiciones que se ofrecieron en la
Gerontología contemplaron a la vejez como un estado previo a la muerte. Como la
de Lansing (1959), que proponía que la vejez “es un proceso progresivo,
desfavorable, de cambio ordinariamente ligado al paso del tiempo histórico, que
se vuelve perceptible después de la madurez y concluye invariablemente en la
muerte”. Golfarb (1965), desde la Psiquiatría, señalaba que: “el envejecimiento
está mejor definido en términos funcionales como un proceso inevitable y progresivo
de menoscabo de la capacidad para adaptarse, ajustarse y sobrevivir. La
senectud es un estado en el cuál la disminución de la capacidad funcional,
física y mental, se ha hecho manifiesta, mensurable y significativa”. Estas
primeras definiciones marcan la tendencia en los inicios de los estudios sobre
la vejez, altamente influenciados por perspectivas médicas y biológicas. Esta
línea tuvo mucha influencia en las definiciones que se ofrecieron durante el
siglo XX, como la de San Martín (1988) quien considera, desde el punto de vista
fisiológico, que el envejecimiento tisular comienza cuando termina el período
de crecimiento, lo cual ocurre entre los 25 y los 30 años, señalando que el
envejecimiento es un proceso gradual e insidioso, pero progresivo, que se objetiva
después de los 40 años cuando el desgaste de los tejidos se hace evidente.
Durante los últimos años del siglo XX y también desde una perspectiva
biológica, aparecieron otras definiciones sobre vejez, de este modo para Birren
y Schroots (1996) “el envejecimiento se refiere a una transformación con el
tiempo ordenada y regular de los organismos representativos que viven bajo
entornos representativos”. En esta misma línea de pensamiento Point Geis (1997)
señala que el organismo envejece, se transforma y va perdiendo progresivamente
sus facultades. Según esta autora, el envejecimiento “reflejaría la tendencia
al desorden que manifestaría un ser vivo organizado como un sistema
interrelacionado de substancias químicas inestables que reaccionan en forma secuencial”.
Por tanto se considera que es una etapa del desarrollo y proceso de evolución
del organismo resultado del deterioro funcional, donde el individuo será cada
vez más incapaz. Por otra parte Craig (2001) considera que la vejez es un
período importante por su naturaleza y que comienza al inicio de los 60 años,
aproximadamente. A nivel biológico, señala que el envejecimiento es un fenómeno
universal pues “todos los sistemas del organismo envejecen incluso en
condiciones genéticas y ambientales óptimas, aunque no con la misma rapidez...
Muchos de los efectos no se perciben sino hasta los últimos años de la adultez,
porque el envejecimiento es gradual y los sistemas físicos poseen una gran
capacidad de reserva” (Craig, 2001). Para Gonzalo (2002) el envejecimiento o
senescencia indica los cambios que se producen en la tercera y cuarta edad sin
que se añadan alteraciones producidas por otras enfermedades, es decir, el
envejecimiento normal. Esta tendencia a ubicar a la vejez como un producto
biológico aportó elementos importantes a la discusión conceptual de la vejez.
Sobre todo, cuando se pudo observar la falta de uniformidad de los cambios
físicos y la complejidad de otros elementos psicológicos y sociales que también
influían significativamente en la forma cómo se presentaba esta edad. Estas
discusiones permitieron integrar poco a poco otros elementos que fueron
llevando a la vejez de ser un concepto rígido, a relativizarse a la luz de los
conocimientos psicológicos y sociales. A partir del acercamiento más profundo
de nuevas áreas al estudio del envejecimiento, como la Gerontopsicología o los
aportes de la Psicología Evolutiva, se incluyeron otros aspectos en la
definición haciendo que esta etapa del desarrollo fuera considerada de forma
más amplia. De hecho, algunos autores gerontólogos o psicólogos del desarrollo
prefieren utilizar el término envejecimiento en lugar del término “vejez”. En
estas definiciones se incluyen ya elementos de tipo psicológico o social,
entendidas como variables influyentes del envejecimiento alejándose de este
modo de las visiones centradas exclusivamente en los aspectos biológicos. Así,
una de las formas más utilizadas para definir el envejecimiento y en la que se
integran diversas perspectivas de estudio es la que se plantea a partir de los
conceptos de envejecimiento primario y envejecimiento secundario. Para Belsky
(2001), el envejecimiento primario implica los cambios graduales e inevitables
que aparecen en todos los miembros de una especie, así, se refiere a los
procesos de deterioro biológico genéticamente programado en el que los
diferentes procesos ocurren incluso en las personas con mejor salud y sin
enfermedades importantes; el envejecimiento secundario, es el deterioro
corporal producido por fuerzas dañinas externas y evitables, y que se
relacionan con factores controlables, tales como la nutrición, el ejercicio
físico, los hábitos de vida y las influencias del ambiente. Hoffman, Paris, y
Hall (1996) comparten esta definición y señalan que el envejecimiento primario
es normal e inevitable y sucede a pesar de la salud, y que el envejecimiento
secundario, son cambios que están correlacionados con la edad y que hacen
difícil establecer un curso normal del envejecimiento. Sáez, Aleixandre y
Meléndez (1995), documentan lo que se entiende como envejecimiento terciario,
relacionado con la hipótesis del “bajón terminal”. Así y de acuerdo con
numerosos estudios longitudinales, parece que a medida que se acerca la muerte
de una persona se producen deterioros generalizados en su nivel de
funcionamiento psicológico. Tales deterioros suelen ser más acusados cuanto más
cerca de la muerte se encuentra el anciano. La capacidad de adaptación
disminuye, todas las capacidades cognitivas se deterioran, la personalidad se
desestabiliza y se hace más vulnerable a las situaciones (estresores). Según
Langarica (1985), el envejecimiento es un proceso que depende de factores
propios del individuo (endógenos) y de factores ajenos a él (exógenos). Es un
proceso en el cual lo que es afectado en primer lugar no es la conducta
cotidiana y probada del organismo para con su medio, sino sus disponibilidades,
sus facultades, sus posibilidades de enfrentarse con una situación insólita, ya
sea de orden biológico, personal o social. Por su parte Fierro (1994) en lugar
de hablar de “vejez” como estado, prefiere hablar de “envejecimiento”, como
curso o proceso, “… un proceso que comienza tempranamente, al término de la
juventud, y que a lo largo de la vida adulta se combina con procesos de
maduración y desarrollo”. Señala que el envejecimiento no constituye un proceso
evolutivo o de desarrollo, tampoco involutivo, pero sí de decadencia o
deterioro vital. También señala que no constituye un proceso simple y unitario
sino un haz de procesos, asociados entre sí, que no son necesariamente
sincrónicos y son asociados a la edad cronológica. Desde el ámbito de la
Geriatría, Albretch y Morales (1999) señalan que el envejecimiento comprende
diversas modificaciones morfológicas, fisiológicas, bioquímicas, psicológicas y
sociales según el contexto temporo-espacial en el que se desarrolló el
individuo en las etapas anteriores de su vida, resultado del paso del tiempo.
Señalan que estos cambios se inician o aceleran después de haber alcanzado el
crecimiento y madurez alrededor de los 30 años de edad. Rice (1997) desde la
Psicología del Desarrollo señala que la vejez es “un momento de ajustes,
particularmente a los cambios en las capacidades físicas, las situaciones
personales y sociales, y las relaciones”. Para Buendía (1994) el envejecimiento
es “un proceso que comienza tempranamente y que a lo largo de la vida adulta se
combina con los procesos de maduración y desarrollo”. Considera que en el
envejecimiento no sólo tienen lugar ciertos deterioros o pérdidas, sino que se
mantienen también y se despliegan ciertas funciones vitales y psicológicas.
Fernández-Ballesteros (2000) asume que “la vejez está en función del tiempo que
transcurre para un determinado organismo frecuentemente medido según la edad”.
La distinción entre vejez y envejecimiento apunta a un cambio de términos y
también a una redimensión epistemológica en muchos de los casos, que relativizó
el conocimiento sobre la vejez. Sin embargo, la inclusión del contexto social
como una influencia importante del “desarrollo” en la edad adulta fue más
tardía o no tuvo la misma fuerza conceptual. Poco a poco algunas definiciones
fueron resaltando el papel de las condiciones sociales y psicológicas en el
envejecimiento. Por citar un ejemplo, para Silvestre, Solé, Pérez y Jodar
(1995) el envejecimiento “no debe entenderse únicamente como un fenómeno
estrictamente orgánico, sino que es un proceso más complejo en el que también
interactúan variables sociales y psíquicas”. Plantean que el envejecimiento del
ser humano “es un proceso caracterizado por la diversidad. Los factores que
determinan dicha diversidad son: la herencia genética, el estado de salud, el
status socioeconómico, las influencias sociales de la educación y la ocupación
ejercida, las diferencias por generación y la personalidad… es una etapa
cambiante a lo largo del tiempo”. Bazo y Maiztegui (1999) consideran que el
envejecimiento es un “fenómeno multidisciplinar que afecta a todos los
componentes del ser humano: su biología, psicología, roles sociales”. García
(2003) señala que la vejez es una etapa de la vida (biológica), pero también un
modo de realidad (filosófica), “es uno de los momentos más dramáticos del
devenir del ser”. Señala también que la vejez no debe ser interpretada como
algo decrépito y negativo, sino como un “modo existencial abarcante,
ineluctable, inaplazable, como lo es cualquier otra etapa de la vida humana”.
Para Ham (2003) la condición de vejez y sus grados “se determinan por ciertos
signos que son condicionantes o eventos biológicos, psicológicos, sociales y/o
económicos, los cuáles varían en sentido y relevancia de acuerdo con las
épocas, las culturas y las clases sociales”. Para Motte y Muñoz (2006) el
envejecimiento “es el conjunto de procesos que sigue un organismo después de su
fase de desarrollo. Estos procesos dinámicos implican un cambio, es decir,
transformaciones biológicas, psicológicas y/o sociales del organismo en función
del tiempo”. Las definiciones citadas dan cuenta de la forma en que se ha
integrado en la conceptualización de la vejez una dimensión social. Esto fue
importante en el proceso de generación de una definición de la vejez más
integral, que contemplara el papel que tienen los aspectos psicológicos y
sociales en la conformación y comprensión de una edad. Como podemos observar a la
vista de la multitud de definiciones y ámbitos de estudio relativos al
envejecimiento, no existe un consenso general a la hora de definir que se
entiende por envejecimiento. En la actualidad el énfasis se centra en destacar
que no es un proceso involutivo, ya que cada vez más la investigación señala
que muchas personas mayores mantienen una buena calidad de vida incluso en
edades avanzadas. La calidad de vida ha sido estudiada desde diferentes
disciplinas. Socialmente calidad de vida tiene que ver con una capacidad
adquisitiva que permita vivir con las necesidades básicas cubiertas además de
disfrutar de una buena salud física, psíquica y de una relación social
satisfactoria. En las sociedades que envejecen a ritmo creciente, promocionar
la calidad de vida en la vejez y sobretodo en la vejez dependiente es el reto
más inmediato de las políticas sociales. El creciente aumento de la esperanza
de vida, el descenso sin precedentes históricos de la tasa de natalidad, los
cambios en la estructura, en el tamaño, en las formas de la familia, los
cambios en el status de las mujeres, la reducción creciente de las tasas de
actividad laboral entre las personas de cincuenta y cinco y más años, han
convertido el envejecimiento de la sociedad en una cuestión de máximo interés.
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