sábado, 11 de junio de 2016

Concepto de envejecimiento.


A la hora de definir que entendemos por envejecimiento, tenemos que abordar el tema desde planteamientos multidimensionales e interdisciplinarios, dada la gran cantidad de disciplinas como la medicina, la psicología, la sociología, la filosofía y la historia que han hecho sus aportaciones para contribuir al estudio y definición de este concepto. Tanto en la ciencia como en la sociedad han existido dimensiones importantes que se han utilizado para definir la vejez. En particular pueden identificarse tres vertientes más comunes: 1. La biológica. Incluye una definición de la vejez desde dos dimensiones principalmente: la función del patrón de referencia cronológica y, a partir de los cambios morfofuncionales de cuya declinación depende el grado de envejecimiento (García, 2003). 2. La psicológica. Incluye también, por lo menos, dos dimensiones más sobresalientes de estudio: primera, la de los cambios en los procesos psicológicos básicos, y el desarrollo que estos presentan; y, segunda, la que se refiere al estudio de la personalidad y sus cambios. 3. La social. Esta dimensión parte del estudio de 3 dimensiones: la sociodemográfica, que implica el crecimiento poblacional y sus efectos endógenos y exógenos; la sociopolítica, que implica el nivel de participación y de integración social de las personas mayores, y; la económica política, que incluye el estudio de los recursos y condiciones socioeconómicas de las personas en la vejez. A partir de estas dimensiones pueden encontrarse diversas aproximaciones sobre el concepto de vejez. Existe también una diversidad de formas conceptuales a las que se recurren como: vejez, senectud, ancianidad, tercera edad, adultez tardía. La utilización de estos términos remite a esta edad generalmente como un producto, mientras que términos como envejecimiento o senilidad refieren, aparentemente, a la idea de un proceso. A continuación, presentaremos una revisión de algunas de las definiciones que se han generado sobre la vejez y que permiten tener un panorama general de las aproximaciones conceptuales a las que se ha llegado para plantear, entonces, una aproximación psicosocial de la vejez. Las primeras definiciones de la vejez desde un planteamiento científico aparecieron en los años cincuenta, momento en el que las investigaciones médico-científicas cobraban un mayor auge. Peter Medawar en 1953 decía que: “la vejez es el cambio fisiológico que sufre el individuo, cuyo término inevitablemente es la muerte”. El biólogo Alex Comfort (1956) consideraba en esos mismos años a la senectud como un proceso de deterioro: “Lo que mide, cuando lo medimos, es una disminución en viabilidad y un aumento en vulnerabilidad… se muestra como una creciente probabilidad de muerte con el aumento de la edad cronológica”. Desde esta perspectiva médica, las primeras definiciones que se ofrecieron en la Gerontología contemplaron a la vejez como un estado previo a la muerte. Como la de Lansing (1959), que proponía que la vejez “es un proceso progresivo, desfavorable, de cambio ordinariamente ligado al paso del tiempo histórico, que se vuelve perceptible después de la madurez y concluye invariablemente en la muerte”. Golfarb (1965), desde la Psiquiatría, señalaba que: “el envejecimiento está mejor definido en términos funcionales como un proceso inevitable y progresivo de menoscabo de la capacidad para adaptarse, ajustarse y sobrevivir. La senectud es un estado en el cuál la disminución de la capacidad funcional, física y mental, se ha hecho manifiesta, mensurable y significativa”. Estas primeras definiciones marcan la tendencia en los inicios de los estudios sobre la vejez, altamente influenciados por perspectivas médicas y biológicas. Esta línea tuvo mucha influencia en las definiciones que se ofrecieron durante el siglo XX, como la de San Martín (1988) quien considera, desde el punto de vista fisiológico, que el envejecimiento tisular comienza cuando termina el período de crecimiento, lo cual ocurre entre los 25 y los 30 años, señalando que el envejecimiento es un proceso gradual e insidioso, pero progresivo, que se objetiva después de los 40 años cuando el desgaste de los tejidos se hace evidente. Durante los últimos años del siglo XX y también desde una perspectiva biológica, aparecieron otras definiciones sobre vejez, de este modo para Birren y Schroots (1996) “el envejecimiento se refiere a una transformación con el tiempo ordenada y regular de los organismos representativos que viven bajo entornos representativos”. En esta misma línea de pensamiento Point Geis (1997) señala que el organismo envejece, se transforma y va perdiendo progresivamente sus facultades. Según esta autora, el envejecimiento “reflejaría la tendencia al desorden que manifestaría un ser vivo organizado como un sistema interrelacionado de substancias químicas inestables que reaccionan en forma secuencial”. Por tanto se considera que es una etapa del desarrollo y proceso de evolución del organismo resultado del deterioro funcional, donde el individuo será cada vez más incapaz. Por otra parte Craig (2001) considera que la vejez es un período importante por su naturaleza y que comienza al inicio de los 60 años, aproximadamente. A nivel biológico, señala que el envejecimiento es un fenómeno universal pues “todos los sistemas del organismo envejecen incluso en condiciones genéticas y ambientales óptimas, aunque no con la misma rapidez... Muchos de los efectos no se perciben sino hasta los últimos años de la adultez, porque el envejecimiento es gradual y los sistemas físicos poseen una gran capacidad de reserva” (Craig, 2001). Para Gonzalo (2002) el envejecimiento o senescencia indica los cambios que se producen en la tercera y cuarta edad sin que se añadan alteraciones producidas por otras enfermedades, es decir, el envejecimiento normal. Esta tendencia a ubicar a la vejez como un producto biológico aportó elementos importantes a la discusión conceptual de la vejez. Sobre todo, cuando se pudo observar la falta de uniformidad de los cambios físicos y la complejidad de otros elementos psicológicos y sociales que también influían significativamente en la forma cómo se presentaba esta edad. Estas discusiones permitieron integrar poco a poco otros elementos que fueron llevando a la vejez de ser un concepto rígido, a relativizarse a la luz de los conocimientos psicológicos y sociales. A partir del acercamiento más profundo de nuevas áreas al estudio del envejecimiento, como la Gerontopsicología o los aportes de la Psicología Evolutiva, se incluyeron otros aspectos en la definición haciendo que esta etapa del desarrollo fuera considerada de forma más amplia. De hecho, algunos autores gerontólogos o psicólogos del desarrollo prefieren utilizar el término envejecimiento en lugar del término “vejez”. En estas definiciones se incluyen ya elementos de tipo psicológico o social, entendidas como variables influyentes del envejecimiento alejándose de este modo de las visiones centradas exclusivamente en los aspectos biológicos. Así, una de las formas más utilizadas para definir el envejecimiento y en la que se integran diversas perspectivas de estudio es la que se plantea a partir de los conceptos de envejecimiento primario y envejecimiento secundario. Para Belsky (2001), el envejecimiento primario implica los cambios graduales e inevitables que aparecen en todos los miembros de una especie, así, se refiere a los procesos de deterioro biológico genéticamente programado en el que los diferentes procesos ocurren incluso en las personas con mejor salud y sin enfermedades importantes; el envejecimiento secundario, es el deterioro corporal producido por fuerzas dañinas externas y evitables, y que se relacionan con factores controlables, tales como la nutrición, el ejercicio físico, los hábitos de vida y las influencias del ambiente. Hoffman, Paris, y Hall (1996) comparten esta definición y señalan que el envejecimiento primario es normal e inevitable y sucede a pesar de la salud, y que el envejecimiento secundario, son cambios que están correlacionados con la edad y que hacen difícil establecer un curso normal del envejecimiento. Sáez, Aleixandre y Meléndez (1995), documentan lo que se entiende como envejecimiento terciario, relacionado con la hipótesis del “bajón terminal”. Así y de acuerdo con numerosos estudios longitudinales, parece que a medida que se acerca la muerte de una persona se producen deterioros generalizados en su nivel de funcionamiento psicológico. Tales deterioros suelen ser más acusados cuanto más cerca de la muerte se encuentra el anciano. La capacidad de adaptación disminuye, todas las capacidades cognitivas se deterioran, la personalidad se desestabiliza y se hace más vulnerable a las situaciones (estresores). Según Langarica (1985), el envejecimiento es un proceso que depende de factores propios del individuo (endógenos) y de factores ajenos a él (exógenos). Es un proceso en el cual lo que es afectado en primer lugar no es la conducta cotidiana y probada del organismo para con su medio, sino sus disponibilidades, sus facultades, sus posibilidades de enfrentarse con una situación insólita, ya sea de orden biológico, personal o social. Por su parte Fierro (1994) en lugar de hablar de “vejez” como estado, prefiere hablar de “envejecimiento”, como curso o proceso, “… un proceso que comienza tempranamente, al término de la juventud, y que a lo largo de la vida adulta se combina con procesos de maduración y desarrollo”. Señala que el envejecimiento no constituye un proceso evolutivo o de desarrollo, tampoco involutivo, pero sí de decadencia o deterioro vital. También señala que no constituye un proceso simple y unitario sino un haz de procesos, asociados entre sí, que no son necesariamente sincrónicos y son asociados a la edad cronológica. Desde el ámbito de la Geriatría, Albretch y Morales (1999) señalan que el envejecimiento comprende diversas modificaciones morfológicas, fisiológicas, bioquímicas, psicológicas y sociales según el contexto temporo-espacial en el que se desarrolló el individuo en las etapas anteriores de su vida, resultado del paso del tiempo. Señalan que estos cambios se inician o aceleran después de haber alcanzado el crecimiento y madurez alrededor de los 30 años de edad. Rice (1997) desde la Psicología del Desarrollo señala que la vejez es “un momento de ajustes, particularmente a los cambios en las capacidades físicas, las situaciones personales y sociales, y las relaciones”. Para Buendía (1994) el envejecimiento es “un proceso que comienza tempranamente y que a lo largo de la vida adulta se combina con los procesos de maduración y desarrollo”. Considera que en el envejecimiento no sólo tienen lugar ciertos deterioros o pérdidas, sino que se mantienen también y se despliegan ciertas funciones vitales y psicológicas. Fernández-Ballesteros (2000) asume que “la vejez está en función del tiempo que transcurre para un determinado organismo frecuentemente medido según la edad”. La distinción entre vejez y envejecimiento apunta a un cambio de términos y también a una redimensión epistemológica en muchos de los casos, que relativizó el conocimiento sobre la vejez. Sin embargo, la inclusión del contexto social como una influencia importante del “desarrollo” en la edad adulta fue más tardía o no tuvo la misma fuerza conceptual. Poco a poco algunas definiciones fueron resaltando el papel de las condiciones sociales y psicológicas en el envejecimiento. Por citar un ejemplo, para Silvestre, Solé, Pérez y Jodar (1995) el envejecimiento “no debe entenderse únicamente como un fenómeno estrictamente orgánico, sino que es un proceso más complejo en el que también interactúan variables sociales y psíquicas”. Plantean que el envejecimiento del ser humano “es un proceso caracterizado por la diversidad. Los factores que determinan dicha diversidad son: la herencia genética, el estado de salud, el status socioeconómico, las influencias sociales de la educación y la ocupación ejercida, las diferencias por generación y la personalidad… es una etapa cambiante a lo largo del tiempo”. Bazo y Maiztegui (1999) consideran que el envejecimiento es un “fenómeno multidisciplinar que afecta a todos los componentes del ser humano: su biología, psicología, roles sociales”. García (2003) señala que la vejez es una etapa de la vida (biológica), pero también un modo de realidad (filosófica), “es uno de los momentos más dramáticos del devenir del ser”. Señala también que la vejez no debe ser interpretada como algo decrépito y negativo, sino como un “modo existencial abarcante, ineluctable, inaplazable, como lo es cualquier otra etapa de la vida humana”. Para Ham (2003) la condición de vejez y sus grados “se determinan por ciertos signos que son condicionantes o eventos biológicos, psicológicos, sociales y/o económicos, los cuáles varían en sentido y relevancia de acuerdo con las épocas, las culturas y las clases sociales”. Para Motte y Muñoz (2006) el envejecimiento “es el conjunto de procesos que sigue un organismo después de su fase de desarrollo. Estos procesos dinámicos implican un cambio, es decir, transformaciones biológicas, psicológicas y/o sociales del organismo en función del tiempo”. Las definiciones citadas dan cuenta de la forma en que se ha integrado en la conceptualización de la vejez una dimensión social. Esto fue importante en el proceso de generación de una definición de la vejez más integral, que contemplara el papel que tienen los aspectos psicológicos y sociales en la conformación y comprensión de una edad. Como podemos observar a la vista de la multitud de definiciones y ámbitos de estudio relativos al envejecimiento, no existe un consenso general a la hora de definir que se entiende por envejecimiento. En la actualidad el énfasis se centra en destacar que no es un proceso involutivo, ya que cada vez más la investigación señala que muchas personas mayores mantienen una buena calidad de vida incluso en edades avanzadas. La calidad de vida ha sido estudiada desde diferentes disciplinas. Socialmente calidad de vida tiene que ver con una capacidad adquisitiva que permita vivir con las necesidades básicas cubiertas además de disfrutar de una buena salud física, psíquica y de una relación social satisfactoria. En las sociedades que envejecen a ritmo creciente, promocionar la calidad de vida en la vejez y sobretodo en la vejez dependiente es el reto más inmediato de las políticas sociales. El creciente aumento de la esperanza de vida, el descenso sin precedentes históricos de la tasa de natalidad, los cambios en la estructura, en el tamaño, en las formas de la familia, los cambios en el status de las mujeres, la reducción creciente de las tasas de actividad laboral entre las personas de cincuenta y cinco y más años, han convertido el envejecimiento de la sociedad en una cuestión de máximo interés. 

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