domingo, 3 de julio de 2016

Jubilación y envejecimiento
La preparación para la jubilación constituye una estrategia de protección social. Dicho concepto va más allá de la prestación económica que reciba la persona luego de la jubilación. Proteger significa cuidar, con el propósito de evitar o prevenir la aparición de situaciones que puedan resultar desagradables o poner en peligro el bienestar de la persona. Muchos expertos la consideran sinónimo de preservar, amparar y defender, escudar, resguardar y salvaguardar; también se refieren a apoyar, favorecer y patrocinar. Está vinculado con la imagen o representación social que prevalece con relación a la vejez en el medio (Rodriguez, M. 2006). Desde la perspectiva gerontológica, proteger es mas que evitar la aparición de compromiso o agresión para el individuo. Se trata de velar por el disfrute pleno de esta etapa de la vida, permitiéndole gozar de todos sus derechos como persona, con respeto a su dignidad e historia de vida, así como su lugar en la sociedad. La protección comprende una serie de acciones de diversa índole encaminadas a preservar y optimizar la calidad de vida de las personas. Incluye en las acciones aquellas dirigidas a prevenir situaciones que afecten la salud, la vida, la independencia o derechos; evitar aparición de discapacidades o retrasarlas y minimizarlas; estimular la creatividad que contribuya a dar sentido a la vida; rescatar las capacidades funcionales que aún tengan posibilidades de desarrollo; promover la conservación de la autoestima y facilitar su integración social y productividad personal; preservar la participación e interacción de las personas con su entorno familiar y social; promover una representación más positiva de la vejez como un ciclo con posibilidades y con experiencias y riquezas que pueden ser puestas a disposición de la sociedad y que es de inestimable valor. Las acciones de protección involucran desde los propios individuos hasta familias, instituciones, organizaciones, etc. pero por sobre todo, es una responsabilidad colectiva de toda la sociedad hacia los colectivos en situación de vulnerabilidad (Ej. ancianos, etc.). Serán protegidos de nuevas situaciones; agresiones personales o colectivas; complicaciones a situaciones ya existentes; pérdida de capacidades; abuso o maltrato; abandono, discriminación o marginación. Las acciones de protección deben encararse con un enfoque integral teniendo en cuenta el equilibrio que se requiere (físico, psicológico, social y funcional). La protección abarca el cuidado de todas estas áreas trascendiendo a las familias y al entorno. Para alcanzar un buen envejecer es necesario que las personas se preparen a través de un proceso que debe iniciarse desde las primeras etapas y a lo largo de toda la vida.
La protección de las personas mayores implica un cambio de concepción de la misma, debiendo pasar del mero cuidado al énfasis en el derecho que tienen de ser promovidos con el propósito de mantenerse integrados activamente en la sociedad. El colectivo de adultos mayores constituye un grupo en acelerado aumento, con tiempo disponible, con 10 o 15 años de media de vida útil y productiva que socialmente se encuentran marginados y desplazados (Cruz, A., Pérez, L., 2006). Dicho proceso puede revertirse a través de acciones promocionales que contribuyan a la integración y participación en la vida social y entre ellas se destaca las actividades de voluntariado, a través de las cuales las personas mayores pueden continuar sintiéndose útiles, activas y productivas constituyendo un estilo de vida saludable que favorece la autonomía y contribuye al aumento de la autoestima. Las acciones de los adultos mayores en beneficio de la sociedad suponen ventajas para la sociedad, para las organizaciones, para los voluntarios y para los propios adultos mayores. Estos poseen riqueza de conocimientos, actitudes, habilidades, así como redes sociales, constituyendo un valioso capital humano para la sociedad, y es a través de las actividades voluntarias donde se desarrolla una oportunidad de utilizar esta riqueza de conocimientos, al mismo tiempo que beneficia tanto al voluntario como a toda la sociedad (Cruz Roja, 1990).

Afrontamiento de la Jubilación La jubilación es un acontecimiento importante en la vida de la persona; implica la elección de un estilo de vida que no surge en un momento dado, sino que es un proceso continuo de identificación de deseos, necesidades, desarrollo de planes, lo que constituye la esencia de una correcta planificación de la jubilación. La pérdida de la capacidad adquisitiva y de las habilidades o capacidades personales, de la red de relaciones y de la propia identidad, son situaciones estresantes; sin embargo, no todas las personas enfrentan situaciones de crisis al dejar de trabajar y en caso de presentarse difiere en cada caso. Existen muchos factores que condicionan el afrontamiento positivo o negativo así como el logro de una adecuada adaptación. Entre ellos se destacan: el tipo de trabajo realizado; nivel de ingresos; situación de salud; factores psicológicos, físicos o sociales que inciden en la vivencia de la jubilación (Reitzes y Mutran, 2004). Aquello que incide en forma más relevante es la actitud con que la persona enfrenta la salida laboral, lo cual predispone a una mejor o peor adaptación a la jubilación.

Proceso de adaptación a la inactividad laboral. El cese de la actividad laboral produce diversos efectos. La jubilación implica un proceso personal de adaptación a una nueva situación, donde existen potencialmente efectos positivos y negativos para la persona. Existen comportamientos que inciden en la adaptación que puede ser la aceptación a la nueva situación, intentar cambiar esa nueva situación, renunciar a sus intereses, aislarse de sus relaciones sociales, etc. Las actitudes negativas influyen sobre la satisfacción general y las actitudes positivas promueven el aprovechamiento de las ventajas de esta nueva etapa libre de obligaciones laborales. Según Atchley, en el proceso de adaptación se suceden una serie de fases que cada persona atraviesa y a su vez intervienen un conjunto amplio de variables que condicionan y mediatizan dicho proceso por lo cual aparecen importantes diferencias interindividuales.

Actitud ante la jubilación. Tiempo atrás la jubilación constituía el símbolo del final de la vida. Luego pasó a ser el tiempo de la vida para el cual la gente trabaja, concepto dominante hoy en día. Diferentes investigaciones han demostrado que los trabajadores esperan con ansia el momento de la jubilación. Ello no implica renunciar a una actividad que ha llenado la existencia de la persona durante toda la vida adulta. Esta transición requiere un proceso de preparación emocional del nuevo rol con suficiente antelación que se denomina: socialización anticipatoria. Para que la jubilación constituya una opción agradable desde el punto de vista psicológico, Ekerdt hace hincapié en “mantenerse activo”.
La estructuración del tiempo existente durante la vida laboral debe reformularse en la etapa de la jubilación. Múltiples circunstancias laborales y sociales entre las que se destacan la formación, el nivel educacional, el puesto de trabajo, etc., inciden en que la jubilación constituya un motivo de satisfacción o de contrariedad. En ambos casos inciden una serie de factores de orden material, de salud físico – psíquica, de relaciones sociales que condicionan la adaptación. Ante el cambio que significa la jubilación, surgen miedos (económico, sentimiento de inutilidad e improductividad, pérdida de vínculos sociales, pérdida de status, falta de ocupación del tiempo libre, retorno al hogar, etc.) que exigen en la persona un proceso de reajuste tanto en lo individual, familiar y social.



sábado, 2 de julio de 2016

Sabiduría y envejecimiento
La búsqueda de la sabiduría es tan antigua y universal como la humanidad misma. La sabiduría ha sido percibida como el ápice ideal del desarrollo humano. El estudio psicológico de la sabiduría es bastante reciente comparado a su estudio filosófico, si consideramos que el mismo significado de la Filosofía es “ansia o búsqueda de la sabiduría” sin pretender alcanzarla nunca. Siendo tradicionalmente por largo tiempo una cuestión concebida por -y relegada a- la reflexión filosó- fica, religiosa o espiritual, la sabiduría se ha restablecido como objeto de investigación teórica y empírica en tanto constructo científico de las ciencias humanas. Este ensayo no pretende ser una revisión histórica exhaustiva de la literatura acerca de la sabiduría, sino que se focaliza en los avances propuestos en las últimas décadas en la conceptualización científica y evaluación psicológica de este constructo. En este sentido, primero, se describe la significación del concepto sabiduría en la lengua hispana y en las Escrituras Bíblicas. Segundo, se abordan las teorías implícitas y explícitas, distinguiendo las teorías de la personalidad madura y las teorías de naturaleza cognitiva. En éstas últimas se propone analizar dos perspectivas: 1. La tradición neo-piagetiana y el modelo del estadio postformal; y 2. El enfoque del Ciclo Vital, focalizando en uno de lo modelos dominantes en la actualidad: el Berlin Wisdom Paradigm, y su propuesta de evaluación del conocimiento relativo a la sabiduría. Tercero, se abordan los factores facilitadores de la emergencia y desarrollo de la sabiduría en el ciclo vital y particularmente en la vejez. Por último, se revisa la cuestión aun controvertida de la relación entre sabiduría y edad.
El termino sabiduría deriva de saborear. La palabra no estaba ligada en sus orígenes con la posesión de conocimientos, sino con simplemente saborear, gustar y deleitarse de la verdad y del anhelo de saber. Cuando se aplica a asuntos prácticos, la sabiduría es sinónimo de prudencia y sagacidad. El Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, 2001) define este término como: - Grado más alto del conocimiento. - Conducta prudente en la vida o en los negocios. - Conocimiento profundo en ciencias, letras o artes, que se adquiere a través del estudio o de la experiencia. - Noticia, juicio. - Prudencia, cuidado del comportamiento, modo de conducirse en la vida.

 En la Biblia ya se había declarado la riqueza del camino de la sabiduría (Job 11:6)1 2, exponiendo una suerte de elogio de la sabiduría en el libro de Job: “La sabiduría es mejor que las piedras preciosas” (Job 28:18; Pr. 8:11); y de sus ventajas y beneficios para quienes la persiguen en los Proverbios escritos por el sabio rey Salomón -conocidos como sapiencia o El libro de la Sabiduría (Sociedad Bíblica Internacional, 2005). En ellos se observa que la sabiduría no es una cualidad asociada a la edad y un atributo exclusivo de la vejez: “Pero lo que da entendimiento [discernimiento, sabiduría] al hombre es el espíritu que en él habita; ¡es el hálito del Todopoderoso! No son los ancianos los únicos sabios, ni es la edad la que hace entender lo que es justo (Job 32:7-9). No obstante, se reconoce el valor del tiempo y la experiencia de la vida: “Entre los ancianos se halla la sabiduría; en los muchos años, el entendimiento” (Job 12:12). El término sabiduría utilizado en las Escrituras deriva del vocablo hebreo y arameo jokmâh en el original que significa “pericia”, “sabiduría”, y del vocablo griego sophia, refiriéndose a la cualidad de buen juicio desarrollada a partir de la experiencia, la observación y la reflexión. La sabiduría es una función de la mente educada, que los escritores bíblicos afirman que proviene del Señor (Job 28:20, 23, 27; Salmo 111:10; Daniel 2:20). Los evangelios (Lucas 7:34; Mateo 11:18) afirman que la sabiduría queda demostrada por los hechos y por los que la practican; vemos aquí la referencia a la experiencia y a su carácter pragmático. A la vez, se relaciona el uso de la sabiduría con el afrontamiento de situaciones críticas y dificultades (Santiago 1:5, 6). Estas ideas, que a menudo suelen pasarse por alto desde una mirada legalista y dogmática o bien ligera de las Escrituras, lejos de mostrar a la sabiduría como una entelequia mística, una verdad demostrativa o una cualidad propia de la divinidad, desvinculada de la vida secular, la describen más bien en su complejidad y riqueza pero a la vez profundamente relacionada con la orientación de la vida humana, y el desarrollo del carácter de la persona sabia.
En una aproximación al estudio psicológico de la sabiduría, Staudinger (2007) reconoce que la identificación de la sabiduría con el pensamiento y el carácter de la persona ha sido el enfoque predominante, identificando las características de las denominadas “personas sabias”; sin embargo, éste es sólo una aproximación posible entre otras. Los esfuerzos iniciales desde la Psicología en determinar formal y sistemáticamente el contenido y las propiedades del fenómeno relativo a la sabiduría, han sido en general teoréticos y especulativos. Por ejemplo, en 1922 el gerontólogo Stanley Hall (2006) en su clásico libro Senescence: The Last Half of Life, definió la sabiduría como la emergencia de una actitud meditativa y el deseo u orientación de aprender de las lecciones de la vida en la vejez. La propuesta pionera de Erikson (1963) sobre el ciclo vital situaba la sabiduría como una virtud emergente en el último estado de la vida. Estos modelos aún no ofrecían suficiente precisión conceptual para una evaluación científica, y contaban con escaso apoyo empírico. A fines del siglo pasado, Clayton y Birren (1980) asociaron la sabiduría a un tipo de inteligencia capaz de operar según los principios de contradicción, paradoja y cambio. Sternberg (1990, 2001), Staudinger (1999) y Kramer (1990), coinciden en calificar a la sabiduría como el intento de alcanzar un juicio moderado entre extremos, una dinámica entre la duda y la certidumbre, un suficiente distanciamiento de la situación-problema actual, y una coordinación equilibrada de la emoción, la motivación y el pensamiento. Estos autores distinguen las respuestas sabias de la comprensión inteligente, ya que ésta se refiere a aspectos formales y descontextualizados; mientras que la sabiduría se refiere a un conocimiento interpretativo acerca de las cuestiones difíciles del significado de la vida, de la condición humana y la conducta social, de la incertidumbre de la vida y de la limitación del conocimiento humano. La mayoría de los psicólogos cognitivistas consideran a la sabiduría como distinta de las habilidades o aptitudes intelectuales medidas por las pruebas de inteligencia; es concebida más bien como un atributo de la interfase entre la personalidad y la inteligencia (Staudinger, 1999), que puede ser desarrollado por la experiencia de vida, pero difícilmente ense- ñado. De todas maneras, se trata de un fenómeno complejo que desafía la investigación empírica, y ciertamente el intento de aplicación de métodos y técnicas científicas modifica el fenómeno bajo estudio. Consideramos que la revisión crítica de la delimitación conceptual de este constructo requiere de una reflexión epistemológica y de un abordaje metateórico. No obstante, algunos de los intentos de conceptualización, operacionalización, evaluación y medición de este constructo han prosperado y acumulado una interesante evidencia empírica que permite esclarecer y comprender su génesis y su desarrollo, y su relación con otros fenómenos y procesos psicológicos asociados. En este sentido, cabe señalar el esfuerzo, recientemente publicado en The Gerontologist (Jeste et al., 2010), llevado a cabo por un grupo de investigadores representativos en este campo de la Universidad de California en San Diego, reunidos a fin de esclarecer la significación y definir por consenso unánime a la sabiduría mediante el método Delphi, incluyendo dos fases de investigación con consulta a investigadores y expertos de universidades de diversos países, desde una perspectiva multidisciplinar Se incluyeron un total de 53 afirmaciones relacionando y discriminando entre sabiduría, inteligencia y espiritualidad. Acordaron en que la sabiduría es una entidad o propiedad distintiva propiamente humana, que involucra un conjunto de características: es una forma de desarrollo cognitivo y emocional avanzado que es derivado por la experiencia, es una cualidad de la personalidad, no común en la población, la cual puede ser aprendida, se incrementa con el avance de la edad, es susceptible de medición, y no puede ser inducida mediante métodos artificiales o fármacos. El estudio empírico de la sabiduría ha progresado fundamentalmente bajo el paradigma cognitivo y la Psicología Positiva (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000; Scheibe, Kunzmann y Baltes, 2008). Desde las últimas décadas observamos un renacer del estudio científico psicológico de este constructo, propiciado, en parte, por los avances en la investigación gerontológica y del curso vital, en su orientación a la comprensión del potencial cognitivo en la vejez, de los aspectos positivos, y de los dominios del funcionamiento intelectual que no parecen demostrar una declinación o deterioro asociado a la edad. Esta observación nuestra es compartida por Bundock (2009).

Hacia la conceptualización científica y operacionalización de la sabiduría El concepto de “sabiduría” (wisdom) ha despertado creciente interés en las ciencias del comportamiento y del desarrollo humano, ya que es considerada el “pináculo” del desarrollo humano (Baltes y Staudinger, 2000). Existen diferentes conceptualizaciones, dando cuenta del carácter mutidimensional y multifacético de este constructo, las cuales varían en términos del número, las cualidades, los componentes y la significación de sus dimensiones, y a su vez, plantean distintos criterios para su operacionalización y su evaluación y medición (Ardelt, 2003; Staudinger, 1999; Bundock, 2009; Greene y Brown, 2009; Sternberg, 1990). Tal es así que Pelechano (2006) sugiere que existen diversas formas de sabidur- ía, aplicables a distintos contextos de la vida y momentos evolutivos, no necesariamente relacionadas entre sí y que requieren de instrumentación distinta para su evaluación (conf. p. 303-304). En Psicología, se ha aproximado al constructo sabidur- ía generalmente desde tres grandes perspectivas (Sternberg, 1990): - La integración mente y virtud, que incluye la capacidad de resolver dilemas reales y cotidianos. - El pensamiento post-formal, como un pensamiento dialéctico y la posibilidad de una re-estructuración cognitiva y un conocimiento excepcional. - El conocimiento pragmático y experiencial, que supone el aprendizaje de experiencias de vida y resolución de crisis a lo largo del curso vital, incluyendo el sentido común. Considerando las líneas teóricas acerca del constructo sabiduría que se han perfilado en la literatura en el campo de las ciencias humanas, éstas suelen agruparse en dos perspectivas principales: teorías implícitas y teorías explícitas -como señalan Meléndez Moral y Gil Llario (2004) en su artículo de revisión. No obstante, es posible distinguir, a nuestro criterio, dos perspectivas explícitas claramente diferenciales: 1. Las teorías de la personalidad madura y 2. Las teorías de naturaleza cognitiva. En éstas últimas podemos reconocer dos enfoques: a) el enfoque dialéctico-neoconstructivista, donde destacamos la tradición neo-piagetiana y el modelo del pensamiento postformal, y b) el enfoque del Ciclo Vital, acerca del conocimiento experto y la experiencia en el funcionamiento adaptativo. Entre las teorías de la personalidad madura, unas ponen el acento en aspectos personales, otras en aspectos reflexivos, otras en lo cognitivo y otras en la complejidad e integración de múltiples aspectos, factores y dominios interactuantes, tanto en cuanto a la emergencia como al desarrollo de la sabiduría.


viernes, 1 de julio de 2016

El deterioro de la memoria con la edad es selectivo

Frente a la creencia generalizada, los mayores recuerdan mejor de lo que se cree. O por lo menos, la pérdida cognitiva asociada a la vejez varía según la memoria de la que se hable.
Ésa es una de las conclusiones de la investigación que han llevado a cabo Alaitz Aizpurua, de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), junto a la profesora Wilma Koutstaal de la Universidad de Minnesota en un artículo publicado en Conciousness and Cognition: “Los mayores recuerdan menos detalles específicos que los jóvenes, y, en general, tanto unos como otros conservan mejor las informaciones concretas de los hechos vividos que las abstractas”, explica la investigadora.
La razón por la que surgió la idea de este estudio, durante la estancia de Aizpurua en Minneapolis, se debe a que las autoras detectaron ciertas lagunas en la habitual manera de analizar en otras investigaciones la memoria autobiográfica —los recuerdos sobre los que construimos nuestra identidad o Yo―. “Se preguntaba a mayores y a jóvenes por hechos acaecidos en un momento determinado, el mismo para ambos, pero para los adultos mayores era mucho mayor el intervalo de tiempo transcurrido desde dicho suceso”, apunta la psicóloga de la UPV/EHU, “si a un adulto joven se le pregunta por un acontecimiento de su infancia, deberá retroceder 10-15 años; un adulto mayor, en cambio, 40 años, o más”.
Por este motivo decidieron alterar el patrón de las entrevistas, en el experimento realizado para la investigación, planteando las mismas cuestiones a adultos mayores y adultos jóvenes —se pidió a los participantes que recordaran tres hechos de su vida personal: algo que tuvo lugar el último año (salvo el último mes), algo acaecido el último mes (salvo la última semana) y algo sucedido la última semana (salvo el último día)—. Su conclusión fue que la principal diferencia entre los adultos obedecía a la capacidad de recordar los hechos más remotos: los jóvenes lo hacen mejor porque tienen que remontarse menos años.
Debido a esto en la investigación es necesario diferenciar la memoria procedimental, que responde a las habilidades técnicas que empleamos para realizar acciones, y la memoria semántica, la relacionada con el lenguaje y los conceptos, de la memoria episódica, que recuerda hechos (episodios) de nuestra vida personal. Es en ésta en la que se dan las mayores diferencias, aunque “modestas” matizan las investigadoras, entre las personas que fueron cuestionadas para el estudio.
Diferentes formas de recordar
Pese a lo que se pueda pensar, el deterioro de la memoria comienza a producirse muchas décadas antes de lo que comúnmente se considera la vejez. Diversas investigaciones neuropsicológicas demuestran que la pérdida cognitiva comienza a los 20 años, pero que apenas la percibimos debido a que contamos con la suficiente capacidad para hacer frente a las necesidades de la vida cotidiana. La disminución de la capacidad para recordar se vuelve más perceptible entre los 45 y los 49 años, y general a partir de los 75, aproximadamente. Pero al investigar sobre este hecho comienzan a verse matices en el proceso degenerativo, como describe Aizpurua: “Algunos tipos de memoria lo sufren más que otros. En la vejez, el deterioro aparece en la memoria episódica, pero no en la semántica. Dicho tipo de memoria (semántica) y la procedimental se mantienen, en algunos casos incluso mejoran, y se reduce la memoria episódica, la que conserva los recuerdos detallados”.
Como curiosidad final, en las discusiones del paper se menciona que tanto jóvenes como ancianos, además de recordar con menor precisión el pasado, puntúan sus recuerdos recientes como menos relevantes y emocionalmente significativos que aquellos que están más distantes en el tiempo.


jueves, 30 de junio de 2016


EL FUNCIONAMIENTO DE LA MEMORIA EN EL ENVEJECIMIENTO


La memoria sigue siendo la función superior más ampliamente estudiada en el ámbito del envejecimiento normal. Puede ser debido a que la queja subjetiva más generalizada en los personas mayores tiene que ver con su rendimiento mnésico.
Hay que puntualizar que algunos aspectos de la memoria deterioran con el paso de los años, pero otros se hallan bien preservados, como vamos a ver en las siguientes investigaciones y teóricas que vamos a plasmar y comentar a continuación.
Partiendo del esquema de Hunt (1997), en el que muestra los diferentes sistemas que conforman nuestra memoria, podemos hablar en primer lugar de la MEMORIA SENSORIAL (un almacén específico que conserva por un breve espacio de tiempo los estímulos que llegan a nuestros sentidos); la MEMORIA A CORTO PLAZO (MCP), un almacén de capacidad limitada (generalmente se evalúa por series de números o de palabras) que retiene la información a la que hemos atendido por un breve espacio de tiempo; y la MEMORIA A LARGO PLAZO (MLP), o almacén general de información.
Forma parte de la MCP la MEMORIA DE TRABAJO, consiste en un sistema de capacidad limitada, que implica por un lado un almacenamiento temporal de cierta información, y por otro, la capacidad de ejecución de una tarea de procesamiento (que requiere, a su vez, atención, selección y manipulación de determinados estímulos) (Baddeley ,1986).
La MLP se divide también en EPISÓDICA, almacén de hechos concretos, recuerdos que forman parte de nuestra experiencia personal y que son activamente recuperados utilizando información contextual sobre cómo y cuando ocurrieron; SEMÁNTICA, que se refiere al conocimiento sobre el mundo, organizado y acumulado conceptualmente, y por tanto muy relacionado con el lenguaje; y por último memoria PROCEDIMENTAL, función de memoria relacionada con las destrezas y habilidades que una vez aprendidas no requieren esfuerzo consciente para ser recuperadas.
En 1987, Schacter también diferenció entre MEMORIA IMPLÍCITA MEMORIA EXPLÍCITA. Esta clasificación de la MLP se relaciona sobre todo con la intencionalidad del sujeto implicada en el recuerdo y en su recuperación. Según esto, la memoria explícita requiere intención para recordar, y por ello produce toma de conciencia de lo que se ha hecho y del recuerdo que se ha producido, mientras que la memoria implícita no implica recuerdo consciente.
Siguiendo este esquema, vamos a ir plasmando diferentes investigaciones en torno a lo que ocurre en el envejecimiento con respecto a los diferentes sistemas de memoria.
Los trabajos realizados hasta la fecha permiten afirmar que no existen apenas déficits en la memoria sensorial asociados al envejecimiento (Poon, 1985). Algunos de los estudios realizados sobre esta memoria sensorial visual indican que con el aumento de la edad se produce un incremento en el tiempo requerido para identificar un estímulo visual, que se relaciona más, con aspectos atencionales y perceptivos, que con déficits de memoria (Hultsch y Dixon, 1990).
En lo que se refiere a MCP, sí parece haber un deterioro significativo en la memoria de trabajo a partir de los 70 años que algunos autores asocian o explican por un deterioro más general en habilidades cognitivas.
En un trabajo realizado por Dobbs y Rule (1989) se encontraron grandes diferencias en memoria de trabajo asociadas a la edad, diferencias que aparecían sobre todo cuando las tareas requerían una mayor manipulación de la información. Según estos autores, éstas podrían ser mejor explicadas por un declinar de la habilidad general de procesamiento, sobre todo en aspectos relacionados con la velocidad y la agilidad con que este procesamiento se lleva a cabo, que por un déficit específico de memoria. Esta idea se vio reforzada porque encontraron que esta caída de la ejecución aparecía negativamente relacionada con el nivel educativo de los sujetos.
También Brébion, Smith y Ehrlich (1997), cuando analizan memoria de trabajo con una tarea típica de procesamiento de sentencias, concluyen que existe un procesamiento similar entre jóvenes y mayores, y que las diferencias aparecen porque los viejos necesitan un tiempo más largo para concluir la tarea y recuerdan menor número de palabras. Según esto, los viejos darían prioridad al procesamiento a costa de la rapidez y el almacenamiento.
En la memoria a largo plazo no hay grandes déficits asociados a la edad, aunque, cuando la complejidad de la tarea aumenta, el recuerdo también se va deteriorando; además los problemas parecen estar más relacionados con la recuperación que con el reconocimiento. Los aspectos de la MLP que aparecen como más afectados durante el envejecimiento son los episódicos (información ligada al contexto) y los procedimentales (información sobre destrezas). Sin embargo, según se desprende de los trabajos realizados hasta la fecha, la memoria semántica (independiente del contexto) no se pierde (Calero, 2000).
Sharps y Gollin (1987) realizaron un estudio para determinar las características del contexto que determinan respuestas erróneas en ancianos, y concluyeron, que las demandas de la tarea influyen en los resultados obtenidos en pruebas de memoria.
Podríamos pensar que en el envejecimiento las dificultades en el procesamiento de información afectan a la capacidad de almacenamiento de información relacionada con el contexto. Dichas dificultades se manifiestan sobre todo en la recuperación de dicha información, ampliadas conforme aumente la complejidad de la tarea y facilitada cuando se dan indicios de ayuda para su codificación semántica.
En lo que se refiere a memoria explícita e implícita hay pocas evidencias de declive en las tareas de memoria implícita, mientras que sí hay evidencia de declive en memoria explícita, es decir, las personas mayores tienen más problemas cuando se les exige un esfuerzo intencional y voluntario para recordar (Hultsch y Dixon, 1990).
Como hemos expuesto en este apartado, en general los problemas de memoria se dan en aquellas situaciones en las que interviene la percepción y atención (memoria ligada al contexto); implican procesamiento más complejo o requieren nuevos aprendizajes. Por ello, casi todos los trabajos realizados sobre las relaciones entre ejecución en tareas de memoria y edad apelan a dificultades en el procesamiento general de información (Junque y Jódar, 1990) y a una menor tasa de aprendizaje en personas de edad avanzada para explicar sus resultados.
Es como si a los ancianos les importara menos su rendimiento y se esforzaran menos en retener, e incluso a veces parece que se les ha olvidado cómo retenerlo, pero cuando el material les interesa, significa algo para ellos, se les dan pistas o se les refresca cómo organizarlo, vuelven a mostrar una memoria similar a la que anteriormente mostraban (Calero, 2000)
No dejemos de tener presente que esta capacidad cognitiva se debe de estimular y entrenar para poder prevenir pérdidas mnésicas y para optimizar la “memoria” que cada persona mayor preserva.

domingo, 26 de junio de 2016

Cambios biológicos relacionados con la edad

 Sistemas sensoriales
A. Visión
• Disminuye el tamaño de la pupila.
 • Menor transparencia y mayor espesor del cristalino, lo que provoca que llegue menor cantidad de luz a la retina y empeore la visión lejana.
• Disminuye la agudeza visual y la capacidad para discriminar colores.
B. Audición
• Menor agudeza para las frecuencias altas (tonos agudos), lo que deteriora la capacidad para discriminar palabras y comprender conversaciones normales. Esta es la causa de que una persona mayor tenga más problemas en oír las voces femeninas, ya que suelen ser más agudas.
C. Gusto y olfato
 • Disminuye la sensibilidad para discriminar los sabores salados, dulces y ácidos, debido al deterioro de las papilas gustativas.
• Pérdida de capacidad para discriminar los olores de los alimentos. La combinación de esos dos factores es una de las causas por la que la mayoría de los usuarios se quejan de las comidas servidas en las instituciones de atención sociosanitaria.
D. Tacto La piel es el órgano relacionado con la capacidad sensorial del tacto.
Los cambios que se producen en la piel pueden observarse a simple vista, como son: 
• Aparición de arrugas.
 • Manchas.
• Flaccidez.
• Sequedad.
Todos esos cambios se producen como consecuencia de transformaciones internas, como son la disminución en la producción de colágeno y la pérdida de grasa subcutánea y masa muscular. Pero también pueden ser originados por deficiencias en la alimentación, por posibles enfermedades o por una excesiva exposición al sol sin la suficiente hidratación aplicada por vía tópica (cremas).
Sistemas orgánicos
 A. Estructura muscular Se produce una importante pérdida de masa muscular y una atrofia de las fibras musculares, que disminuyen en peso, número y diámetro. Consecuentemente, estos cambios traen consigo el deterioro de la fuerza muscular.
B. Sistema esquelético
• La masa esquelética disminuye, pues los huesos se tornan más porosos (menos densidad del hueso) y quebradizos.
• Debido al proceso de desmineralización, los huesos también se vuelven más frágiles y, por lo tanto, más vulnerables a la fractura. Estos cambios afectan en mayor medida a las mujeres, debido a las siguientes causas: mayor pérdida de calcio, factores genéticos, factores hormonales (menopausia), inactividad física, consumo de tabaco y alcohol, malos hábitos de alimentación, etc.
C. Articulaciones Se tornan menos eficientes al reducirse la flexibilidad.
 Se produce mayor rigidez articular debida a la degeneración de los cartílagos, los tendones y los ligamentos, que son las tres estructuras que componen las articulaciones. La principal consecuencia es el dolor.
D. Sistema cardiovascular.
El corazón: aumento del ventrículo izquierdo, mayor cantidad de grasa acumulada envolvente, alteraciones del colágeno, que provocan un endurecimiento de las fibras musculares y una pérdida de la capacidad de contracción, entre otros cambios.
 • Los vasos sanguíneos se estrechan y pierden elasticidad, al aumentar de grosor y acumular lípidos en las arterias (arterioesclerosis). El estrechamiento y la pérdida de elasticidad dificultan el paso de la sangre.
 • Las válvulas cardiacas se vuelven más gruesas y menos flexibles, es decir, necesitan más tiempo para cerrarse. Todo estos cambios conducen a un aporte menor de sangre oxigenada y esto, a su vez, se convierte en una causa importante por la que disminuye la fuerza y la resistencia física general.
E. Sistema respiratorio
Su rendimiento queda mermado debido a diversos factores, entre los que se encuentran la atrofia y el debilitamiento de los músculos intercostales, los cambios esqueléticos (caja torácica y columna) y el deterioro del tejido pulmonar (bronquios). Todo ello produce una disminución del contenido de oxígeno en sangre, que se reduce entre un10% y un15%, y en la aparición de una enfermedad respiratoria, el enfisema, muy común en personas de edad avanzada.
F. Sistema excretor El riñón tiene una menor capacidad para eliminar los productos de desecho. Por esta razón, se hace necesario para el organismo aumentar la frecuencia miccional. El deterioro del sistema excretor también hace frecuentes los episodios de incontinencia.
G. Sistema digestivo
En general, todos los cambios se traducen en una digestión dificultosa y en la reducción del metabolismo de ciertos nutrientes en el estómago y el intestino delgado.
 • Pérdida de piezas dentales, que originan un problema considerable en la digestión de los alimentos, para la cual es importante una buena masticación.
• Disminución de los movimientos esofágicos (contracción/relajación), cuya función es facilitar la deglución.
• Reducción de la capacidad para secretar enzimas digestivas, lo que también dificulta la digestión.
• Atrofia de la mucosa gastrointestinal, por lo que la absorción de nutrientes es menor.
 • Disminución del tono muscular y el peristaltismo del intestino, que producen menor masa y frecuencia en la eliminación de sólidos y, por tanto, estreñimiento.
 • Vesícula e hígado: en las personas mayores se produce una mayor incidencia de cálculos biliares y un menor tamaño y eficiencia del hígado.

sábado, 25 de junio de 2016

Intervención psicológica en adultos mayores
SITUACIÓN DEL ADULTO MAYOR
A nivel mundial, la población adulta mayor ha aumentado significativamente debido, principalmente, al aumento de la esperanza de vida y la baja tasa de fecundidad (Popolo, 2001). En América Latina y el Caribe el promedio de edad vivida en el 2005 era de 72,4 años y se espera que para el 2025 el porcentaje de población mayor de 60 años sea de 14,25% (CONPES, 2004).Específicamente, en Colombia para el año 2005, el 6% de las personas se ubicaban dentro de la adultez mayor (65 y más años) (DANE, 2006). De esta manera, se ha podido observar que el aumento de dicha población está relacionado, como se mencionaba, con el aumento de la esperanza de vida, es decir que durante los últimos años los avances científicos, tecnológicos y las investigaciones médicas han contribuido a la disminución y control de enfermedades infecciosas y agudas, ampliando así la cobertura de los sistemas de salud y las mejoras en las condiciones sanitarias, (CONPES, 2004) lo que se une a una nueva concepción del envejecimiento definido como “envejecimiento saludable y activo”, que abarca los siguientes componentes: duración de la vida, salud biológica y mental, eficacia cognitiva, competencia social y productividad, control personal y satisfacción en la vida (Colegio Oficial de Psicólogos, 2002). De esta manera, el envejecimiento poblacional ha originado cambios no solo en las estructuras sociales, económicas y culturales de cada país, sino también ha afectado las distintas áreas del adulto mayor (familia, economía, salud, tejido social), llevando a que distintos países se cuestionen temas relacionados con el trabajo y la jubilación, la calidad de vida, la salud, el involucramiento social y la búsqueda de la seguridad económica de estas personas (Jaspers-Faijer, 2005). A lo anterior se unen factores, tales como los procesos migratorios, el paso de la familia extensa a la familia nuclear y con esto una reducción del número de miembros que la componen, así como también el nuevo rol femenino que incorpora a la mujer al mundo laboral, y los procesos de separación, divorcio, que han llevado de una u otra manera a que se limite la dinámica familiar y, por ende, la permanencia de los adultos mayores con sus familiares (Fernández, 1992). En Colombia, específicamente la Constitución de 1991, que consagró los derechos del adulto mayor, el reconocimiento de sus diferencias y la necesidad de una protección especial y una serie de garantías sociales, económicas y culturales, contribuyó a que los organismos públicos y privados favorecieran por medio de sus acciones la calidad de vida de esta población, especialmente de aquellos marginados, reorganizando la ampliación y la cobertura de los sistemas de salud, pensiones y riesgos profesionales, brindando así una seguridad social integral y preocupándose por implementar programas que favorezcan el subsidio económico. En América Latina entre el 40 y 60% de los ancianos no poseen ingresos, ni cuentan con una pensión, además de la implementación de programas de alimentación complementados con actividades de educación, cultura y deporte (Jaspers-Faijer, 2005). Actualmente, en Colombia los organismos del Estado ya tienen una mirada integral del adulto mayor, y aunque las metas planteadas por la Constitución de 1991 no se han alcanzado en su totalidad, sí se han incorporado en sus programas a los adultos mayores, particularmente desde el 2002, así como también las universidades y centros de investigación han promovido y difundido el conocimiento en el campo de la vejez y la asesoría a comunidades y municipios (Jaspers-Faijer, 2005). Por ende, se hace un llamado a las instituciones para que contribuyan al desarrollo de conocimientos y aptitudes que permitan prestar asistencia a lo largo de la vida entera, pues es importante contribuir a las necesidades específicas de cada población, mediante la continua investigación que abarque al adulto mayor desde su integralidad (Peláez, 2005). A nivel internacional ya se han originado planes dirigidos a aumentar el nivel de calidad de vida del adulto mayor, como el Plan de Acción Internacional 2002 que tiene como objetivo que los adultos mayores continúen participando en el sistema familiar, social, económico, cultural y cívicos, llevando a que estas personas “desarrollen su potencial de bienestar físico, social y mental a lo largo de toda la vida y participen conforme a sus necesidades, deseos y capacidades” (Colegio Oficial de Psicólogos, 2002).

ESTUDIOS REALIZADOS SOBRE PROGRAMAS DE INTERVENCIÓN EN ADULTOS MAYORES
Durante los últimos años, a causa del crecimiento de la población adulta, disciplinas como psicología, medicina, gerontología, sociología, entre otras, se han preocupado por estudiar diversas variables en esta etapa del ciclo vital y por contribuir al desarrollo de teorías e instrumentos que permitan un acercamiento integral al adulto mayor. Específicamente, en el caso de la psicología, se pretende que los psicólogos contribuyan con el diseño de medidas fiables que permitan una evaluación y seguimiento de los programas de intervención y que se preocupen por emplear estrategias que contribuyan al cambio conductual y a la promoción y prevención de la enfermedad, optimizando el proceso de adaptación con intervenciones que apunten a necesidades propias de la población y del contexto familiar y social que lo rodea (Colegio Oficial de Psicólogos, 2002). Se puede observar que la mayoría de los estudios dirigen sus objetivos a medir la eficacia de intervenciones psicológicas en relación con la salud del adulto mayor, seguidas de investigaciones relacionadas con los cuidadores de estas personas y de variables psicológicas como tal. En relación con los programas de intervención que apuntan a la mejora de la salud, se puede afirmar que la implementación de un programa cognitivo-conductual, dirigido a adultos mayores, influía en los cambios de variables psicológicas, como la ansiedad, la ira y la solución de problemas en pacientes hipertensos contribuyendo a la disminución en los niveles de presión arterial (Miguel-Tobal, Cano-Vindel, Casado & Escalona, 1994). Dichos resultados son similares a los de otro estudio (Moreno, Contreras, Martínez, Araya; Livacic-Rojas, & Vera-Villaroel, 2006) en el que el objetivo era evaluar el efecto de una intervención cognitiva-conductual sobre los niveles de presión arterial en adultos mayores bajo tratamiento médico, y se encontró que los niveles de presión sistólica y diastólica disminuyeron después de aplicada la intervención, y resultó eficaz el empleo de técnicas cognitivo-conductuales (relajación y respiración, reestructuración cognitiva, psicoeducación, etc.) para el manejo de depresión, ansiedad, estrés y hábitos conductuales y, por ende, en la regulación de la actividad del sistema nervioso simpático. Así mismo, en relación con el abordaje de la salud, otro de los estudios pretendió evaluar la aplicación de un programa de intervención psicológica en pacientes con problemas cardiovasculares, mediante la aplicación de diversas escalas (Escala de ansiedad y depresión de Leeds, Escala de sensibilización/negación), entrevistas de evaluación y el diseño de un programa de intervención que se basó en el empleo de técnicas de relajación y respiración, ejercicio físico, educación y transformación de procesos cognitivos; se obtuvo como resultado un locus de control interno mayor, más sensibilidad hacia su enfermedad, disminución de la sintomatología depresiva y ansiosa, así como también un aumento en la interacción con familiares. La intervención contribuyó a que los pacientes tuvieran una mayor adherencia a la dieta, disminución en el consumo de café y tabaco y aumentó el ejercicio físico (Garcés, Velandrino, Conesa & Ortega, 2002). Por otra parte, los programas de intervención también han sido dirigidos a los cuidadores de los adultos mayores; uno de los estudios tenía como Ana Fernanda Rodríguez Uribe, Laura Juliana Valderrama Orbegozo y Juan Máximo Molina Linde objetivo comprobar si una intervención educativa con los cuidadores formales en habilidades de trato y comunicación mejoran la calidad de vida del adulto mayor y del propio cuidador. De esta manera se logró con la intervención que la calidad de vida de los cuidadores aumentará, sobre todo en lo relacionado con los ciclos de sueño, afrontamiento ante reacciones catastróficas del adulto mayor y comunicación con el paciente (Castellón & Rodríguez, 2004). Con respecto al estudio de las variables psicológicas se ha encontrado que el tema que más prevalece es el de la calidad de vida del adulto mayor y el de depresión. Uno de los estudios que hace referencia al primer tema se interesó por determinar la efectividad de una intervención psicológica cognitivo-conductual para el mejoramiento de la calidad de vida en viejos institucionalizados, y se trataron áreas como autoestima, resignificación de la vejez, habilidades sociales, manejo del tiempo libre y autocuidado, las cuales consideraron contribuían al mejoramiento en la calidad de vida. Los resultados mostraron que, nuevamente, la intervención cognitivo-conductual resulta efectiva; en este caso se logró un cambio en la percepción de la calidad de vida, específicamente en lo relacionado con el área física, psicológica y la autoestima (Uribe, Padilla & Ramírez, 2004). Lo anterior se respalda con otro estudio en el que se encontró que la calidad de vida estaba relacionada con variables como soporte social, autonomía, salud mental, actividad físico recreativa y la percepción subjetiva de calidad de vida; así como también con los niveles de depresión (Mora, Villalobos, Araya & Ozols, 2004; Uribe-Rodríguez, Molina & González, 2006). Finalmente, es importante resaltar el estudio realizado por López y Rodríguez (1999), quienes diseñaron una propuesta de intervención para ancianos deprimidos, y encontraron que dicho programa permitió que el 80,9% de los adultos mayores que participaron superaran su estado emocional, disminuyendo las ideas suicidas, mejorando las relaciones familiares y construyendo redes de apoyo (Uribe-Rodríguez, Molina & González, 2006).


miércoles, 22 de junio de 2016

Actitud y miedo ante la muerte en adultos mayores

El envejecimiento según Pérez (2006), es un proceso dinámico, gradual, progresivo e irreversible. Según la teoría de Ericsson (1963), todos los seres humanos en las diversas etapas del ciclo vital atravesamos por una serie de crisis que permiten o no superar los cambios que se presenten en cada una de ellas, pero específicamente en la adultez mayor la crisis se relaciona con la evaluación que hace la persona de su vida, en donde por un lado, puede aceptar la manera como ha vivido, se muestra interesado por encontrar motivaciones y lograr un sentido de integridad, desarrollando lo que denomina el autor «sabiduría», que le permite tener una mayor aceptación de su muerte. En el caso contrario el adulto mayor puede desarrollar la «Desesperanza» en donde no acepta la realidad inevitable de los cambios y la muerte, siente que el tiempo y las oportunidades en su vida se han agotado, generando sentimientos de amargura y desesperación por el tiempo perdido, lo cual les dificulta sobrepasar los cambios propios de esta etapa de desarrollo (Barraza y Uranga, s.f.). De esta manera, la llegada a la adultez mayor pone a la persona ante un sinnúmero de cambios y pérdidas que repercuten de una u otra manera en la calidad de vida, su estabilidad emocional, y trae consigo la conciencia de saber que la muerte esta cada vez más cerca. En la cultura occidental se evade con mayor frecuencia la temática, debido a que es considerada un tabú y se asocia con miedo a lo desconocido, al dolor y el sufrimiento, generando una negación permanente y colectiva, (Vilches, s.f.). Los jóvenes con relación a este aspecto, muestran un menor grado de conciencia de la realidad innegable de la muerte y los cuestionamientos alrededor de la misma son esporádicos, en comparación con los adultos mayores en donde perciben una mayor proximidad con la misma, que los lleva apropiarse de su llegada y a concebirla como algo inminente, lo cual es el resultado de haber vivido y enfrentado numerosas pérdidas físicas, sociales y psicológicas durante su ciclo vital. Lo anterior se convierte en un entrenamiento que le permite enfrentar y responder a las exigencias de las limitaciones finales y a la presencia de la enfermedad o la muerte (Barraza y Uranga, s.f.; Viguera, 2005); En general se puede decir que las personas, sea cual sea su edad, desconocen las condiciones en que la muerte llegará a sus vidas. Sin embargo, la incertidumbre y el temor al no saber el lugar, la edad, el momento y, sobretodo, la forma en que van a morir, genera en los seres humanos un sinnúmero de sensaciones. Teniendo en cuenta lo anterior es posible decir, que la construcción del concepto de muerte en el adulto mayor está mediada por diversos factores, entre ellos está el presenciar muertes cercanas, las enfermedades, el distanciamiento de los hijos, las separaciones, la jubilación, las pérdidas vividas y la elaboración de duelos correspondientes (Viguera, 2005); todo ello influenciado por la cultura, donde específicamente en la occidental, los conceptos más comunes en relación al tema de la muerte, se operacionalizan en que es un hecho biológico por el que atraviesa todo ser humano, un rito de traspaso, algo inevitable, un hecho natural, un castigo, la realización de la voluntad de Dios, entre otros. Por tanto, se puede decir que las representaciones sociales como una forma de conocimiento de la realidad, se configuran en los adultos mayores desde las propias expectativas, al igual que con sus ideas de aceptación personal y psicológica (Pinazo y Bueno, 2004). De esta manera las representaciones se orientan en dos líneas básicamente, por un lado esta una concepción religiosa en donde la muerte se considera como un proceso para llegar a la otra vida, donde hay un encuentro con un Dios supremo o hay una reencarnación; y por otro lado, esta la concepción de muerte simplemente como la culminación del ciclo vital del ser humano; sin embargo, no se debe dejar de lado el significado que tenga la muerte para cada persona la (Vilches, s.f.). Cuando se habla de la muerte surgen dos variable importantes, una es la relacionada con los miedos que esta suscita y otra son las actitudes que asume el adulto mayor ante la misma. La muerte al tener un carácter desconocido y al no saber con certeza que sucede después de ella, genera en la sociedad occidental diversos temores o miedos, orientados principalmente al más allá, al juicio de Dios, a dejar a sus seres queridos, pero sobretodo el miedo más marcado es afrontar una agonía o dolores que no puedan soportar (Viguera, 2005). A lo anterior se une el planteamiento de Vilches, (s.f.) quien considera que el temor se dirige además a la enfermedad prolongada, a la invalidez, al deterioro e incapacidad. Es por esta razón que la llegada a la adultez al estar más cerca de la culminación de la vida, lleva a que surjan con mayor precisión dichos temores, originando ansiedad y tensión en el adulto mayor que repercute en muchos casos en las relaciones familiares y en el estilo y calidad de vida que se tenga, llevando a que las personas asuman ciertas actitudes que impiden enfrentar sanamente todos los cambios presentes en la adultez mayor. En relación a las actitudes Barraza y Uranga (s.f.) consideran que los adultos mayores pueden experimentar varias de ellas, dependiendo el estilo de afrontamiento que tengan. En primer lugar puede existir una actitud de indiferencia, donde el adulto mayor se muestra resistente al tema de la muerte, quitándole importancia a dicho momento. En segundo lugar una actitud de temor puede verse reflejada en el momento en donde el adulto trata en lo posible evitar cualquier aspecto relacionado con la muerte, y sus expresiones sólo se orientan a manifestar sus quejas de dolor y sufrimiento. En tercer lugar también puede aparecer una actitud de descanso, en donde el tema de la muerte es entendido como la culminación del sufrimiento y por ende de la llegada de paz y de tranquilidad, esta actitud está más presente en las personas que han padecido de alguna enfermedad crónica. Finalmente, la actitud de serenidad puede darse cuando el adulto mayor se siente satisfecho con lo vivido y por tanto se siente preparado para la llegada de la muerte. Diversos autores consideran que existen una serie de estrategias que permiten superar o controlar dichos miedos, como lo es el poder hablar de ellos, escribirlos, o reestructurar los mitos que hay en relación a la muerte, así mismo los grupos de apoyo se convierten en un espacio de soporte emocional, en donde la interacción con otras personas de la misma edad contribuye a disminuir el sufrimiento que puede generar los miedos (Viguera, 2005). Cuando los miedos son superados en el adulto mayor se encuentra a una persona con proyectos, con un entusiasmo y positivismo, hay mejor manejo del tiempo y se presenta una mayor disposición para disfrutar de los momentos de la vida lo que se relaciona con un nivel educativo y un buen estado de salud (Vilches, s.f.). De este modo Barraza y Uranga (s.f.), mencionan que la muerte es aceptada cuando hay un reconocimiento por parte del adulto mayor de que sus funciones cada vez se pueden deteriorar más y que esto puede ocasionar limitaciones físicas que los lleve finalmente a perder roles importantes dentro de la sociedad; además el hecho de que se origine un distanciamiento entre generaciones lo lleva de una u otra manera a hacerse la idea de que la muerte ya no es una realidad lejana, y que por tanto debe aceptarla positivamente y sin temores; sin embargo, la realidad es que esto no es tarea fácil ya que el adulto mayor constantemente realiza balance entre aceptación y rechazo de su propia muerte. Todo lo anterior lleva al tema del afrontamiento, ya que es aquel que repercute positivamente en el bienestar psicológico y permite una mayor adaptación a las situaciones problemática (Krzeim, Monchietti y Urquijo, 2005). Por tanto, al ser la adultez mayor una etapa en donde se presentan una serie de crisis, las cuales pueden verse como perturbaciones o como aprendizajes, es allí donde las estrategias de afrontamiento asertivas permitirán que la persona no sólo tenga una adaptación satisfactoria a esta etapa, sino lleva a que esta tenga un control emocional, que favorezca una imagen positiva de sí mismo, el apropiarse de las competencias que se tienen y sostener relaciones sociales, que llevan finalmente a que la persona se entrene para futuras problemáticas. Por tanto, las estrategias de afrontamiento pueden orientarse por dos lo líneas: formas activas de afrontamiento y formas pasivas. En las primeras la persona retoma todos sus esfuerzos para enfrentar la situación problemática y así mismo aprender de ella, abarcándolo de forma más positiva, y dándole un significado distinto al problema, mientras que las formas pasivas llevan a que la persona continuamente esté evitando dichas situaciones y por ende no se genere un aprendizaje de las mismas. (Krzeim, Monchietti y Urquijo, 2005; Zamarrón y Dolores, 2006). Específicamente en los adultos mayores el afrontamiento tiende a ser mas éxitoso, debido a que están continuamente involucrados en situaciones problemáticas que están fuera de su control, tales como la enfermedad crónica, la muerte de familiares y amigos, la discapacidad y la cercanía de la propia muerte, a lo que se agregan todas la experiencias vividas en etapas anteriores (Stefani y Feldberg, 2006). Por todo lo anterior se puede decir que aunque la adultez mayor pone de cara al ser humano al tema de la muerte, el sano envejecimiento permite que el adulto viva de manera mas satisfactoria esta etapa con una mejor calidad de vida (Barraza y Uranga, s.f.) a lo que se une que cuente con un sistema de apoyo ya sea social o familiar que le permitan compensar sus dolencias y cambios. Entre las redes de apoyo más importante se puede mencionar las creencias religiosas, filosóficas, sociales. Es así como el papel de los profesionales de la salud debe orientarse a lograr que las personas conceptualicen positivamente la llegada a la adultez mayor, e igualmente que se tenga una mayor conciencia de la propia vida y de la muerte, que contribuya a que la persona se sienta mejor consigo misma, que mejore su autoestima y el cuidado de sí y de los demás, así como también trabaje por lograr sus proyectos, evitando así las conductas autodestructivas (Vilches, s.f.).

domingo, 19 de junio de 2016

El envejecimiento demográfico en Europa.
Europa envejece de forma progresiva y rápida. Estamos en el inicio de un fenómeno poblacional que está trastocando las estructuras demográficas y que tiene amplias repercusiones sociales, económicas y culturales. Se trata de una revolución silenciosa que avanzará a lo largo del siglo XXI y demanda cambios importantes en nuestra sociedad respecto al grupo de población protagonista: las personas mayores. El envejecimiento de la población es uno de los resultados de la evolución de los componentes del cambio demográfico, el descenso de la mortalidad y su derivado aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Este cambio incide tanto en el crecimiento de la población como en su composición por edades. En la medida en que avanza la transición demográfica y se producen descensos de la mortalidad, y principalmente de la fecundidad, se asiste a un proceso paulatino de envejecimiento de la población (Chackiel, 2004). Los cambios en la fecundidad y la mortalidad, traen como consecuencia el descenso del ritmo de crecimiento medio anual de la población y una estructura por edades cada vez más envejecida. Esta modificación tan profunda de la conducta reproductiva, conlleva un complejo conjunto de cambios sociodemográficos y culturales (Villa y Rivadeneira, 2000). La relación directa que tiene la baja fecundidad con el envejecimiento es que, al incorporarse un menor número de individuos en el grupo etario de 0 a 4 años, el peso del resto de los grupos de edad aumenta, y por ende la proporción de personas mayores tiende a incrementarse (lo que se expresa en la contracción del escalón inferior de la pirámide de edades). A medida que pasa el tiempo y persiste el descenso por un tiempo prolongado, se genera un “envejecimiento por el centro”. El peso de los grupos de las edades centrales es mayor y la pirámide tiende hacia una forma rectangular. Posteriormente, y en la medida en que su efecto se combine con el de la disminución de la mortalidad en las edades avanzadas, origina estructuras etarias con una cúspide amplia y una base estrecha (Villa y Rivadeneira, 2000). Sólo en España, los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran que actualmente hay censadas un total de 7.877.778 personas con 65 años o más, lo que supone el 17,06% de la población española (INE, 2011). España ocupa el cuarto lugar en el escalafón de países más envejecidos del mundo, encabeza la lista Japón, seguida de Italia y Alemania (Naciones Unidas, 2010). La estructura demográfica actual de la población de España y las tendencias demográficas actuales nos llevarán a un escenario de reducidas tasas de crecimiento poblacional futuro, el cual supondrá un incremento de 2,1 millones de habitantes en los próximos 40 años. El crecimiento demográfico será, además, progresivamente decreciente en las próximas décadas. La simulación realizada por el Instituto Nacional de Estadística en 2010, muestra también el progresivo envejecimiento al que se enfrenta nuestra estructura demográfica, que se observa de forma evidente en la evolución de la pirámide poblacional de España.

Los mayores crecimientos absolutos y relativos en los próximos 40 años se concentrarán en las edades avanzadas. Concretamente, el grupo de edad de mayores de 64 años se duplicará en tamaño y pasará a constituir el 31,9% de la población total de España. Por otro lado, la población de 0 a 15 años se incrementará en 157 mil personas (un 2,2%), lo que se derivará de la prolongación futura de las tendencias al crecimiento de la fecundidad actualmente observada. Sin embargo, la población de 16 a 64 años, se verá disminuida en más de medio millón de efectivos, un 18,4% de su volumen actual. Con ello, por cada 10 personas en edad de trabajar, en 2049 residirán en España casi nueve personas potencialmente inactivas (menor de 16 años o mayor de 64). Es decir, la tasa de dependencia se elevará hasta el 89,6%. La continuidad futura de las tendencias recientes de la fecundidad llevará al número medio de hijos por mujer hasta un nivel de 1,71 en 2048. El número de nacidos no volverá a elevarse hasta 2028, una vez superado el efecto sobre la pirámide poblacional femenina que produjo la crisis de natalidad de los años 80. Por otro lado, de mantenerse los ritmos actuales de reducción de la incidencia de la mortalidad por edad sobre la población de España, la esperanza de vida al nacimiento alcanzaría los 84,3 años en los varones y los 89,9 años en las mujeres en 2048. No obstante, el mayor tamaño poblacional y una estructura demográfica cada vez más envejecida producirán un continuo crecimiento del número anual de defunciones. Con ello, el saldo entre nacimientos y defunciones entraría en una dinámica continuamente decreciente. De hecho, dicho excedente vegetativo, tras haber alcanzado su máximo de las últimas décadas en 2008, acabará tornándose en negativo a partir de 2020, lo cual supondrá un fuerte freno al crecimiento poblacional A la vista de las proyecciones de futuro y dado que el envejecimiento de la población seguirá aumentando en las próximas décadas, se hace necesario aplicar cambios en las políticas sociales, sobre todo en aquellas destinadas a la población mayor, ya que no solo están aumentando en número sino que están cambiando algunas de sus características personales y sociales. Por tanto se deben consideran nuevas formas de valorar a la persona anciana desde una postura más positiva, que supere las teorías centradas sólo en el déficit. Esta reflexión nos lleva a considerar el envejecimiento como un proceso natural, una etapa más del desarrollo evolutivo humano, en la que existen ganancias y pérdidas, planteamiento ampliamente recogido en las teorías del Ciclo Vital (Baltes, 1987; Heckhausen, Dixon y Baltes, 1989).

sábado, 18 de junio de 2016

La Valoración Geriátrica Integral.
 
La evaluación y el cuidado de paciente anciano mediante los sistemas tradicionales de evaluación clínica se han mostrado insuficientes, dado que enfatizaban casi exclusivamente las variables referidas al estado de salud, centrándose en medidas que especificasen las patologías y el nivel de deterioro como elementos clave para el estudio de las personas mayores (Fernández-Mayorales, Rojo, Abellán y Rodríguez, 2003). Así, nace el concepto de “Evaluación geriátrica integral o global” (Comprehensive Geriatric Assesment) como técnica de evaluación específica para el abordaje de la atención a la persona mayor. De este modo, si bien está demostrado que existe una clarísima interrelación entre la salud y las situaciones de dependencia, el contenido y forma de las intervenciones pueden ejercen un papel importante en el retraso de la dependencia concretamente. Así, intervenciones sanitarias eficaces en la mediana edad pueden prevenir la aparición de la dependencia en edades más avanzadas. Pero también, la mejora de los hábitos de vida contribuye significativamente a mejorar la esperanza de vida sin discapacidad, y, en los casos en los que la dependencia ya esta presente, la adaptación psicológica de la persona es esencial para el adecuado afrontamiento a esa situación, así como para mejorar su calidad de vida. La valoración geriátrica integral (VGI) o valoración geriátrica exhaustiva es "un proceso diagnóstico multidimensional e interdisciplinario, diseñado para identificar y cuantificar los problemas físicos, funcionales, psíquicos y sociales que pueda presentar el anciano, con el objeto de desarrollar un plan de tratamiento y seguimiento de dichos problemas así como la óptima utilización de recursos para afrontarlos (Kane y Kane, 1981; Rubenstein, 1987). De este modo, la VGI constituye una de las formas más razonables de aproximarse al anciano desde cualquier nivel de atención, siendo esencial su aplicación para mejorar la calidad de vida de los mayores. Se considera la VGI como la herramienta o metodología fundamental de diagnóstico global en que se basa la clínica geriátrica a todos los niveles asistenciales, aceptada su utilidad universalmente incluido nuestro país (Ribera y Cruz, 1991; Salgado y Alarcón, 1993). Destacando entre sus objetivos y propósitos los siguientes:

·  Mejorar la exactitud diagnóstica partiendo de un diagnóstico cuádruple (clínico, funcional, mental y social).
·       Descubrir problemas tratables no diagnosticados o no abordados previamente.
·        Establecer un tratamiento cuádruple adecuado y racional a las necesidades del anciano.
·       Mejorar el estado funcional y cognitivo.
·       Mejorar la calidad de vida.
·       Conocer los recursos del paciente y su entorno sociofamiliar.
·     Situar al paciente en el nivel sanitario y social más adecuado a sus necesidades, evitando siempre que sea posible la dependencia, y con ello reducir el número de ingresos hospitalarios y de institucionalizaciones.
·       Disminuir la mortalidad.


De este modo, la VGI, como forma de evaluación global, incluye la valoración estructurada de cuatro esferas: la clínica, la mental, la social y la funcional. Así, se ha demostrado su eficacia, incluso en diferentes ámbitos de actuación e intervención (hospitales de agudos, de media y larga estancia, interconsultas hospitalarias, centros de rehabilitación, asistencia domiciliaria, consultas de atención primaria, centros de día, residencias, etc.) dado que es capaz de optimizar los resultados de la evaluación médica tradicional porque esta valoración conduce a tomar acciones que la valoración en si no mejora, si no se toman las medidas adecuadas después. (Stuck, Siu, Wieland, Adams y Rubenstein, 1993; Ruipérez, Midón, Gómez-Pavón, González, Maturana y Macias, 2003). 

domingo, 12 de junio de 2016

Dependencia y envejecimiento.
El conocimiento sobre el alcance y circunstancias de la dependencia, y de la discapacidad que la provoca, es importante por ser una forma de analizar el bienestar global de una sociedad. Los diferentes avances en el ámbito de la biomedicina, el aumento de la esperanza de vida y el estado de bienestar han contribuido a que en el mundo occidental uno de los valores más preciados sea la independencia y autonomía personal. Una de las primeras aproximaciones al concepto de dependencia se produce en 1998 desde el Consejo de Europa en su recomendación nº R(98)9 del Comité de Ministros a los Estados Miembros, en el que se define la dependencia como «la necesidad de ayuda o asistencia importante para las actividades de la vida cotidiana», o, de manera más precisa, como «un estado en el que se encuentran las personas que por razones ligadas a la falta o la pérdida de autonomía física, psíquica o intelectual tienen necesidad de asistencia y/o ayudas importantes a fin de realizar los actos corrientes de la vida diaria y, de modo particular, los referentes al cuidado personal». Esta definición, que ha sido ampliamente aceptada, plantea la concurrencia de tres factores para que se pueda hablar de una situación de dependencia: en primer lugar, la existencia de una limitación física, psíquica o intelectual que merma determinadas capacidades de la persona; en segundo lugar, la incapacidad de la persona para realizar por sí misma las actividades de la vida diaria; en tercer lugar, la necesidad de asistencia o cuidados por parte de un tercero. Esa perspectiva también es coherente con el planteamiento de la OMS y la denominada Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF), adoptada durante la LIV Asamblea Mundial de la Salud (Organización Mundial de la Salud, 2001), y que propone el siguiente esquema conceptual para interpretar las consecuencias de las alteraciones de la salud (Querejeta, 2000; Vázquez, HerreraCastañedo, Vázquez y Gaite, 2006): 
§ Déficit en el funcionamiento (sustituye al anterior término “deficiencia”): es la pérdida o anormalidad de una parte del cuerpo o de una función fisiológica o mental. En este contexto el término “anormalidad” se usa para referirse a una desviación significativa de la norma estadística (por ejemplo, la mediana de la distribución estandarizada de una población).
§ Limitación en la actividad (sustituye al anterior término “discapacidad”): son las dificultades que un individuo puede tener en la ejecución de las actividades. Las limitaciones en la actividad pueden calificarse en distintos grados, según supongan una desviación más o menos importante, en términos de cantidad o calidad, en la manera, extensión o intensidad en que se esperaría la ejecución de la actividad en una persona sin alteración de salud.
§ Restricción en la participación (sustituye el término “minusvalía”): son problemas que un individuo puede experimentar en su implicación en situaciones vitales. La presencia de restricciones en la participación la determina la comparación de la participación de un determinado individuo con la participación esperada de un individuo sin discapacidad en una determinada cultura o sociedad.
§ Barrera: son todos aquellos factores ambientales en el entorno de una persona que condicionan el funcionamiento y crean discapacidad. Pueden incluir aspectos como, por ejemplo, un ambiente físico inaccesible, la falta de tecnología asistencial apropiada, las actitudes negativas de las personas hacia la discapacidad y también la inexistencia de servicios, sistemas y políticas que favorezcan la participación.

§ Discapacidad: En la CIF es un término “paraguas” que se utiliza para referirse a los déficits, las limitaciones en la actividad y las restricciones en la participación. Denota los aspectos negativos de la interacción entre el individuo con una alteración de la salud y su entorno (factores contextuales y ambientales). La dependencia puede entenderse, por tanto, como el resultado de un proceso que se inicia con la aparición de un déficit en el funcionamiento corporal como consecuencia de una enfermedad o accidente. Este déficit comporta una limitación en la actividad y cuando esta limitación no puede compensarse mediante la adaptación del entorno, provoca una restricción en la participación que se concreta en la dependencia de la ayuda de otras personas para realizar las actividades de la vida cotidiana. Aunque la dependencia no es un fenómeno exclusivo de las personas mayores, ya que puede estar presente en todos los grupos de edad, si existe una estrecha relación entre dependencia y envejecimiento. El número de personas con limitaciones en su capacidad funcional aumenta conforme se consideran grupos de población de mayor edad, al mismo tiempo que se ven afectados más intensamente por ellas. No es extraño, por ello, que la dependencia se vea como un problema estrechamente vinculado al envejecimiento demográfico, y que, algunas veces, se tienda a considerar la dependencia como un fenómeno que afecta sólo a los mayores. A partir de la definición de dependencia propuesta tanto por el Consejo de Europa como por la OMS en la Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud, parece de suma importancia definir lo que se consideran actividades de la vida diaria (AVD) para poder considerar si una persona se encuentra o no en situación de dependencia.

sábado, 11 de junio de 2016

Concepto de envejecimiento.


A la hora de definir que entendemos por envejecimiento, tenemos que abordar el tema desde planteamientos multidimensionales e interdisciplinarios, dada la gran cantidad de disciplinas como la medicina, la psicología, la sociología, la filosofía y la historia que han hecho sus aportaciones para contribuir al estudio y definición de este concepto. Tanto en la ciencia como en la sociedad han existido dimensiones importantes que se han utilizado para definir la vejez. En particular pueden identificarse tres vertientes más comunes: 1. La biológica. Incluye una definición de la vejez desde dos dimensiones principalmente: la función del patrón de referencia cronológica y, a partir de los cambios morfofuncionales de cuya declinación depende el grado de envejecimiento (García, 2003). 2. La psicológica. Incluye también, por lo menos, dos dimensiones más sobresalientes de estudio: primera, la de los cambios en los procesos psicológicos básicos, y el desarrollo que estos presentan; y, segunda, la que se refiere al estudio de la personalidad y sus cambios. 3. La social. Esta dimensión parte del estudio de 3 dimensiones: la sociodemográfica, que implica el crecimiento poblacional y sus efectos endógenos y exógenos; la sociopolítica, que implica el nivel de participación y de integración social de las personas mayores, y; la económica política, que incluye el estudio de los recursos y condiciones socioeconómicas de las personas en la vejez. A partir de estas dimensiones pueden encontrarse diversas aproximaciones sobre el concepto de vejez. Existe también una diversidad de formas conceptuales a las que se recurren como: vejez, senectud, ancianidad, tercera edad, adultez tardía. La utilización de estos términos remite a esta edad generalmente como un producto, mientras que términos como envejecimiento o senilidad refieren, aparentemente, a la idea de un proceso. A continuación, presentaremos una revisión de algunas de las definiciones que se han generado sobre la vejez y que permiten tener un panorama general de las aproximaciones conceptuales a las que se ha llegado para plantear, entonces, una aproximación psicosocial de la vejez. Las primeras definiciones de la vejez desde un planteamiento científico aparecieron en los años cincuenta, momento en el que las investigaciones médico-científicas cobraban un mayor auge. Peter Medawar en 1953 decía que: “la vejez es el cambio fisiológico que sufre el individuo, cuyo término inevitablemente es la muerte”. El biólogo Alex Comfort (1956) consideraba en esos mismos años a la senectud como un proceso de deterioro: “Lo que mide, cuando lo medimos, es una disminución en viabilidad y un aumento en vulnerabilidad… se muestra como una creciente probabilidad de muerte con el aumento de la edad cronológica”. Desde esta perspectiva médica, las primeras definiciones que se ofrecieron en la Gerontología contemplaron a la vejez como un estado previo a la muerte. Como la de Lansing (1959), que proponía que la vejez “es un proceso progresivo, desfavorable, de cambio ordinariamente ligado al paso del tiempo histórico, que se vuelve perceptible después de la madurez y concluye invariablemente en la muerte”. Golfarb (1965), desde la Psiquiatría, señalaba que: “el envejecimiento está mejor definido en términos funcionales como un proceso inevitable y progresivo de menoscabo de la capacidad para adaptarse, ajustarse y sobrevivir. La senectud es un estado en el cuál la disminución de la capacidad funcional, física y mental, se ha hecho manifiesta, mensurable y significativa”. Estas primeras definiciones marcan la tendencia en los inicios de los estudios sobre la vejez, altamente influenciados por perspectivas médicas y biológicas. Esta línea tuvo mucha influencia en las definiciones que se ofrecieron durante el siglo XX, como la de San Martín (1988) quien considera, desde el punto de vista fisiológico, que el envejecimiento tisular comienza cuando termina el período de crecimiento, lo cual ocurre entre los 25 y los 30 años, señalando que el envejecimiento es un proceso gradual e insidioso, pero progresivo, que se objetiva después de los 40 años cuando el desgaste de los tejidos se hace evidente. Durante los últimos años del siglo XX y también desde una perspectiva biológica, aparecieron otras definiciones sobre vejez, de este modo para Birren y Schroots (1996) “el envejecimiento se refiere a una transformación con el tiempo ordenada y regular de los organismos representativos que viven bajo entornos representativos”. En esta misma línea de pensamiento Point Geis (1997) señala que el organismo envejece, se transforma y va perdiendo progresivamente sus facultades. Según esta autora, el envejecimiento “reflejaría la tendencia al desorden que manifestaría un ser vivo organizado como un sistema interrelacionado de substancias químicas inestables que reaccionan en forma secuencial”. Por tanto se considera que es una etapa del desarrollo y proceso de evolución del organismo resultado del deterioro funcional, donde el individuo será cada vez más incapaz. Por otra parte Craig (2001) considera que la vejez es un período importante por su naturaleza y que comienza al inicio de los 60 años, aproximadamente. A nivel biológico, señala que el envejecimiento es un fenómeno universal pues “todos los sistemas del organismo envejecen incluso en condiciones genéticas y ambientales óptimas, aunque no con la misma rapidez... Muchos de los efectos no se perciben sino hasta los últimos años de la adultez, porque el envejecimiento es gradual y los sistemas físicos poseen una gran capacidad de reserva” (Craig, 2001). Para Gonzalo (2002) el envejecimiento o senescencia indica los cambios que se producen en la tercera y cuarta edad sin que se añadan alteraciones producidas por otras enfermedades, es decir, el envejecimiento normal. Esta tendencia a ubicar a la vejez como un producto biológico aportó elementos importantes a la discusión conceptual de la vejez. Sobre todo, cuando se pudo observar la falta de uniformidad de los cambios físicos y la complejidad de otros elementos psicológicos y sociales que también influían significativamente en la forma cómo se presentaba esta edad. Estas discusiones permitieron integrar poco a poco otros elementos que fueron llevando a la vejez de ser un concepto rígido, a relativizarse a la luz de los conocimientos psicológicos y sociales. A partir del acercamiento más profundo de nuevas áreas al estudio del envejecimiento, como la Gerontopsicología o los aportes de la Psicología Evolutiva, se incluyeron otros aspectos en la definición haciendo que esta etapa del desarrollo fuera considerada de forma más amplia. De hecho, algunos autores gerontólogos o psicólogos del desarrollo prefieren utilizar el término envejecimiento en lugar del término “vejez”. En estas definiciones se incluyen ya elementos de tipo psicológico o social, entendidas como variables influyentes del envejecimiento alejándose de este modo de las visiones centradas exclusivamente en los aspectos biológicos. Así, una de las formas más utilizadas para definir el envejecimiento y en la que se integran diversas perspectivas de estudio es la que se plantea a partir de los conceptos de envejecimiento primario y envejecimiento secundario. Para Belsky (2001), el envejecimiento primario implica los cambios graduales e inevitables que aparecen en todos los miembros de una especie, así, se refiere a los procesos de deterioro biológico genéticamente programado en el que los diferentes procesos ocurren incluso en las personas con mejor salud y sin enfermedades importantes; el envejecimiento secundario, es el deterioro corporal producido por fuerzas dañinas externas y evitables, y que se relacionan con factores controlables, tales como la nutrición, el ejercicio físico, los hábitos de vida y las influencias del ambiente. Hoffman, Paris, y Hall (1996) comparten esta definición y señalan que el envejecimiento primario es normal e inevitable y sucede a pesar de la salud, y que el envejecimiento secundario, son cambios que están correlacionados con la edad y que hacen difícil establecer un curso normal del envejecimiento. Sáez, Aleixandre y Meléndez (1995), documentan lo que se entiende como envejecimiento terciario, relacionado con la hipótesis del “bajón terminal”. Así y de acuerdo con numerosos estudios longitudinales, parece que a medida que se acerca la muerte de una persona se producen deterioros generalizados en su nivel de funcionamiento psicológico. Tales deterioros suelen ser más acusados cuanto más cerca de la muerte se encuentra el anciano. La capacidad de adaptación disminuye, todas las capacidades cognitivas se deterioran, la personalidad se desestabiliza y se hace más vulnerable a las situaciones (estresores). Según Langarica (1985), el envejecimiento es un proceso que depende de factores propios del individuo (endógenos) y de factores ajenos a él (exógenos). Es un proceso en el cual lo que es afectado en primer lugar no es la conducta cotidiana y probada del organismo para con su medio, sino sus disponibilidades, sus facultades, sus posibilidades de enfrentarse con una situación insólita, ya sea de orden biológico, personal o social. Por su parte Fierro (1994) en lugar de hablar de “vejez” como estado, prefiere hablar de “envejecimiento”, como curso o proceso, “… un proceso que comienza tempranamente, al término de la juventud, y que a lo largo de la vida adulta se combina con procesos de maduración y desarrollo”. Señala que el envejecimiento no constituye un proceso evolutivo o de desarrollo, tampoco involutivo, pero sí de decadencia o deterioro vital. También señala que no constituye un proceso simple y unitario sino un haz de procesos, asociados entre sí, que no son necesariamente sincrónicos y son asociados a la edad cronológica. Desde el ámbito de la Geriatría, Albretch y Morales (1999) señalan que el envejecimiento comprende diversas modificaciones morfológicas, fisiológicas, bioquímicas, psicológicas y sociales según el contexto temporo-espacial en el que se desarrolló el individuo en las etapas anteriores de su vida, resultado del paso del tiempo. Señalan que estos cambios se inician o aceleran después de haber alcanzado el crecimiento y madurez alrededor de los 30 años de edad. Rice (1997) desde la Psicología del Desarrollo señala que la vejez es “un momento de ajustes, particularmente a los cambios en las capacidades físicas, las situaciones personales y sociales, y las relaciones”. Para Buendía (1994) el envejecimiento es “un proceso que comienza tempranamente y que a lo largo de la vida adulta se combina con los procesos de maduración y desarrollo”. Considera que en el envejecimiento no sólo tienen lugar ciertos deterioros o pérdidas, sino que se mantienen también y se despliegan ciertas funciones vitales y psicológicas. Fernández-Ballesteros (2000) asume que “la vejez está en función del tiempo que transcurre para un determinado organismo frecuentemente medido según la edad”. La distinción entre vejez y envejecimiento apunta a un cambio de términos y también a una redimensión epistemológica en muchos de los casos, que relativizó el conocimiento sobre la vejez. Sin embargo, la inclusión del contexto social como una influencia importante del “desarrollo” en la edad adulta fue más tardía o no tuvo la misma fuerza conceptual. Poco a poco algunas definiciones fueron resaltando el papel de las condiciones sociales y psicológicas en el envejecimiento. Por citar un ejemplo, para Silvestre, Solé, Pérez y Jodar (1995) el envejecimiento “no debe entenderse únicamente como un fenómeno estrictamente orgánico, sino que es un proceso más complejo en el que también interactúan variables sociales y psíquicas”. Plantean que el envejecimiento del ser humano “es un proceso caracterizado por la diversidad. Los factores que determinan dicha diversidad son: la herencia genética, el estado de salud, el status socioeconómico, las influencias sociales de la educación y la ocupación ejercida, las diferencias por generación y la personalidad… es una etapa cambiante a lo largo del tiempo”. Bazo y Maiztegui (1999) consideran que el envejecimiento es un “fenómeno multidisciplinar que afecta a todos los componentes del ser humano: su biología, psicología, roles sociales”. García (2003) señala que la vejez es una etapa de la vida (biológica), pero también un modo de realidad (filosófica), “es uno de los momentos más dramáticos del devenir del ser”. Señala también que la vejez no debe ser interpretada como algo decrépito y negativo, sino como un “modo existencial abarcante, ineluctable, inaplazable, como lo es cualquier otra etapa de la vida humana”. Para Ham (2003) la condición de vejez y sus grados “se determinan por ciertos signos que son condicionantes o eventos biológicos, psicológicos, sociales y/o económicos, los cuáles varían en sentido y relevancia de acuerdo con las épocas, las culturas y las clases sociales”. Para Motte y Muñoz (2006) el envejecimiento “es el conjunto de procesos que sigue un organismo después de su fase de desarrollo. Estos procesos dinámicos implican un cambio, es decir, transformaciones biológicas, psicológicas y/o sociales del organismo en función del tiempo”. Las definiciones citadas dan cuenta de la forma en que se ha integrado en la conceptualización de la vejez una dimensión social. Esto fue importante en el proceso de generación de una definición de la vejez más integral, que contemplara el papel que tienen los aspectos psicológicos y sociales en la conformación y comprensión de una edad. Como podemos observar a la vista de la multitud de definiciones y ámbitos de estudio relativos al envejecimiento, no existe un consenso general a la hora de definir que se entiende por envejecimiento. En la actualidad el énfasis se centra en destacar que no es un proceso involutivo, ya que cada vez más la investigación señala que muchas personas mayores mantienen una buena calidad de vida incluso en edades avanzadas. La calidad de vida ha sido estudiada desde diferentes disciplinas. Socialmente calidad de vida tiene que ver con una capacidad adquisitiva que permita vivir con las necesidades básicas cubiertas además de disfrutar de una buena salud física, psíquica y de una relación social satisfactoria. En las sociedades que envejecen a ritmo creciente, promocionar la calidad de vida en la vejez y sobretodo en la vejez dependiente es el reto más inmediato de las políticas sociales. El creciente aumento de la esperanza de vida, el descenso sin precedentes históricos de la tasa de natalidad, los cambios en la estructura, en el tamaño, en las formas de la familia, los cambios en el status de las mujeres, la reducción creciente de las tasas de actividad laboral entre las personas de cincuenta y cinco y más años, han convertido el envejecimiento de la sociedad en una cuestión de máximo interés.