sábado, 2 de julio de 2016

Sabiduría y envejecimiento
La búsqueda de la sabiduría es tan antigua y universal como la humanidad misma. La sabiduría ha sido percibida como el ápice ideal del desarrollo humano. El estudio psicológico de la sabiduría es bastante reciente comparado a su estudio filosófico, si consideramos que el mismo significado de la Filosofía es “ansia o búsqueda de la sabiduría” sin pretender alcanzarla nunca. Siendo tradicionalmente por largo tiempo una cuestión concebida por -y relegada a- la reflexión filosó- fica, religiosa o espiritual, la sabiduría se ha restablecido como objeto de investigación teórica y empírica en tanto constructo científico de las ciencias humanas. Este ensayo no pretende ser una revisión histórica exhaustiva de la literatura acerca de la sabiduría, sino que se focaliza en los avances propuestos en las últimas décadas en la conceptualización científica y evaluación psicológica de este constructo. En este sentido, primero, se describe la significación del concepto sabiduría en la lengua hispana y en las Escrituras Bíblicas. Segundo, se abordan las teorías implícitas y explícitas, distinguiendo las teorías de la personalidad madura y las teorías de naturaleza cognitiva. En éstas últimas se propone analizar dos perspectivas: 1. La tradición neo-piagetiana y el modelo del estadio postformal; y 2. El enfoque del Ciclo Vital, focalizando en uno de lo modelos dominantes en la actualidad: el Berlin Wisdom Paradigm, y su propuesta de evaluación del conocimiento relativo a la sabiduría. Tercero, se abordan los factores facilitadores de la emergencia y desarrollo de la sabiduría en el ciclo vital y particularmente en la vejez. Por último, se revisa la cuestión aun controvertida de la relación entre sabiduría y edad.
El termino sabiduría deriva de saborear. La palabra no estaba ligada en sus orígenes con la posesión de conocimientos, sino con simplemente saborear, gustar y deleitarse de la verdad y del anhelo de saber. Cuando se aplica a asuntos prácticos, la sabiduría es sinónimo de prudencia y sagacidad. El Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, 2001) define este término como: - Grado más alto del conocimiento. - Conducta prudente en la vida o en los negocios. - Conocimiento profundo en ciencias, letras o artes, que se adquiere a través del estudio o de la experiencia. - Noticia, juicio. - Prudencia, cuidado del comportamiento, modo de conducirse en la vida.

 En la Biblia ya se había declarado la riqueza del camino de la sabiduría (Job 11:6)1 2, exponiendo una suerte de elogio de la sabiduría en el libro de Job: “La sabiduría es mejor que las piedras preciosas” (Job 28:18; Pr. 8:11); y de sus ventajas y beneficios para quienes la persiguen en los Proverbios escritos por el sabio rey Salomón -conocidos como sapiencia o El libro de la Sabiduría (Sociedad Bíblica Internacional, 2005). En ellos se observa que la sabiduría no es una cualidad asociada a la edad y un atributo exclusivo de la vejez: “Pero lo que da entendimiento [discernimiento, sabiduría] al hombre es el espíritu que en él habita; ¡es el hálito del Todopoderoso! No son los ancianos los únicos sabios, ni es la edad la que hace entender lo que es justo (Job 32:7-9). No obstante, se reconoce el valor del tiempo y la experiencia de la vida: “Entre los ancianos se halla la sabiduría; en los muchos años, el entendimiento” (Job 12:12). El término sabiduría utilizado en las Escrituras deriva del vocablo hebreo y arameo jokmâh en el original que significa “pericia”, “sabiduría”, y del vocablo griego sophia, refiriéndose a la cualidad de buen juicio desarrollada a partir de la experiencia, la observación y la reflexión. La sabiduría es una función de la mente educada, que los escritores bíblicos afirman que proviene del Señor (Job 28:20, 23, 27; Salmo 111:10; Daniel 2:20). Los evangelios (Lucas 7:34; Mateo 11:18) afirman que la sabiduría queda demostrada por los hechos y por los que la practican; vemos aquí la referencia a la experiencia y a su carácter pragmático. A la vez, se relaciona el uso de la sabiduría con el afrontamiento de situaciones críticas y dificultades (Santiago 1:5, 6). Estas ideas, que a menudo suelen pasarse por alto desde una mirada legalista y dogmática o bien ligera de las Escrituras, lejos de mostrar a la sabiduría como una entelequia mística, una verdad demostrativa o una cualidad propia de la divinidad, desvinculada de la vida secular, la describen más bien en su complejidad y riqueza pero a la vez profundamente relacionada con la orientación de la vida humana, y el desarrollo del carácter de la persona sabia.
En una aproximación al estudio psicológico de la sabiduría, Staudinger (2007) reconoce que la identificación de la sabiduría con el pensamiento y el carácter de la persona ha sido el enfoque predominante, identificando las características de las denominadas “personas sabias”; sin embargo, éste es sólo una aproximación posible entre otras. Los esfuerzos iniciales desde la Psicología en determinar formal y sistemáticamente el contenido y las propiedades del fenómeno relativo a la sabiduría, han sido en general teoréticos y especulativos. Por ejemplo, en 1922 el gerontólogo Stanley Hall (2006) en su clásico libro Senescence: The Last Half of Life, definió la sabiduría como la emergencia de una actitud meditativa y el deseo u orientación de aprender de las lecciones de la vida en la vejez. La propuesta pionera de Erikson (1963) sobre el ciclo vital situaba la sabiduría como una virtud emergente en el último estado de la vida. Estos modelos aún no ofrecían suficiente precisión conceptual para una evaluación científica, y contaban con escaso apoyo empírico. A fines del siglo pasado, Clayton y Birren (1980) asociaron la sabiduría a un tipo de inteligencia capaz de operar según los principios de contradicción, paradoja y cambio. Sternberg (1990, 2001), Staudinger (1999) y Kramer (1990), coinciden en calificar a la sabiduría como el intento de alcanzar un juicio moderado entre extremos, una dinámica entre la duda y la certidumbre, un suficiente distanciamiento de la situación-problema actual, y una coordinación equilibrada de la emoción, la motivación y el pensamiento. Estos autores distinguen las respuestas sabias de la comprensión inteligente, ya que ésta se refiere a aspectos formales y descontextualizados; mientras que la sabiduría se refiere a un conocimiento interpretativo acerca de las cuestiones difíciles del significado de la vida, de la condición humana y la conducta social, de la incertidumbre de la vida y de la limitación del conocimiento humano. La mayoría de los psicólogos cognitivistas consideran a la sabiduría como distinta de las habilidades o aptitudes intelectuales medidas por las pruebas de inteligencia; es concebida más bien como un atributo de la interfase entre la personalidad y la inteligencia (Staudinger, 1999), que puede ser desarrollado por la experiencia de vida, pero difícilmente ense- ñado. De todas maneras, se trata de un fenómeno complejo que desafía la investigación empírica, y ciertamente el intento de aplicación de métodos y técnicas científicas modifica el fenómeno bajo estudio. Consideramos que la revisión crítica de la delimitación conceptual de este constructo requiere de una reflexión epistemológica y de un abordaje metateórico. No obstante, algunos de los intentos de conceptualización, operacionalización, evaluación y medición de este constructo han prosperado y acumulado una interesante evidencia empírica que permite esclarecer y comprender su génesis y su desarrollo, y su relación con otros fenómenos y procesos psicológicos asociados. En este sentido, cabe señalar el esfuerzo, recientemente publicado en The Gerontologist (Jeste et al., 2010), llevado a cabo por un grupo de investigadores representativos en este campo de la Universidad de California en San Diego, reunidos a fin de esclarecer la significación y definir por consenso unánime a la sabiduría mediante el método Delphi, incluyendo dos fases de investigación con consulta a investigadores y expertos de universidades de diversos países, desde una perspectiva multidisciplinar Se incluyeron un total de 53 afirmaciones relacionando y discriminando entre sabiduría, inteligencia y espiritualidad. Acordaron en que la sabiduría es una entidad o propiedad distintiva propiamente humana, que involucra un conjunto de características: es una forma de desarrollo cognitivo y emocional avanzado que es derivado por la experiencia, es una cualidad de la personalidad, no común en la población, la cual puede ser aprendida, se incrementa con el avance de la edad, es susceptible de medición, y no puede ser inducida mediante métodos artificiales o fármacos. El estudio empírico de la sabiduría ha progresado fundamentalmente bajo el paradigma cognitivo y la Psicología Positiva (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000; Scheibe, Kunzmann y Baltes, 2008). Desde las últimas décadas observamos un renacer del estudio científico psicológico de este constructo, propiciado, en parte, por los avances en la investigación gerontológica y del curso vital, en su orientación a la comprensión del potencial cognitivo en la vejez, de los aspectos positivos, y de los dominios del funcionamiento intelectual que no parecen demostrar una declinación o deterioro asociado a la edad. Esta observación nuestra es compartida por Bundock (2009).

Hacia la conceptualización científica y operacionalización de la sabiduría El concepto de “sabiduría” (wisdom) ha despertado creciente interés en las ciencias del comportamiento y del desarrollo humano, ya que es considerada el “pináculo” del desarrollo humano (Baltes y Staudinger, 2000). Existen diferentes conceptualizaciones, dando cuenta del carácter mutidimensional y multifacético de este constructo, las cuales varían en términos del número, las cualidades, los componentes y la significación de sus dimensiones, y a su vez, plantean distintos criterios para su operacionalización y su evaluación y medición (Ardelt, 2003; Staudinger, 1999; Bundock, 2009; Greene y Brown, 2009; Sternberg, 1990). Tal es así que Pelechano (2006) sugiere que existen diversas formas de sabidur- ía, aplicables a distintos contextos de la vida y momentos evolutivos, no necesariamente relacionadas entre sí y que requieren de instrumentación distinta para su evaluación (conf. p. 303-304). En Psicología, se ha aproximado al constructo sabidur- ía generalmente desde tres grandes perspectivas (Sternberg, 1990): - La integración mente y virtud, que incluye la capacidad de resolver dilemas reales y cotidianos. - El pensamiento post-formal, como un pensamiento dialéctico y la posibilidad de una re-estructuración cognitiva y un conocimiento excepcional. - El conocimiento pragmático y experiencial, que supone el aprendizaje de experiencias de vida y resolución de crisis a lo largo del curso vital, incluyendo el sentido común. Considerando las líneas teóricas acerca del constructo sabiduría que se han perfilado en la literatura en el campo de las ciencias humanas, éstas suelen agruparse en dos perspectivas principales: teorías implícitas y teorías explícitas -como señalan Meléndez Moral y Gil Llario (2004) en su artículo de revisión. No obstante, es posible distinguir, a nuestro criterio, dos perspectivas explícitas claramente diferenciales: 1. Las teorías de la personalidad madura y 2. Las teorías de naturaleza cognitiva. En éstas últimas podemos reconocer dos enfoques: a) el enfoque dialéctico-neoconstructivista, donde destacamos la tradición neo-piagetiana y el modelo del pensamiento postformal, y b) el enfoque del Ciclo Vital, acerca del conocimiento experto y la experiencia en el funcionamiento adaptativo. Entre las teorías de la personalidad madura, unas ponen el acento en aspectos personales, otras en aspectos reflexivos, otras en lo cognitivo y otras en la complejidad e integración de múltiples aspectos, factores y dominios interactuantes, tanto en cuanto a la emergencia como al desarrollo de la sabiduría.


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