domingo, 3 de julio de 2016

Jubilación y envejecimiento
La preparación para la jubilación constituye una estrategia de protección social. Dicho concepto va más allá de la prestación económica que reciba la persona luego de la jubilación. Proteger significa cuidar, con el propósito de evitar o prevenir la aparición de situaciones que puedan resultar desagradables o poner en peligro el bienestar de la persona. Muchos expertos la consideran sinónimo de preservar, amparar y defender, escudar, resguardar y salvaguardar; también se refieren a apoyar, favorecer y patrocinar. Está vinculado con la imagen o representación social que prevalece con relación a la vejez en el medio (Rodriguez, M. 2006). Desde la perspectiva gerontológica, proteger es mas que evitar la aparición de compromiso o agresión para el individuo. Se trata de velar por el disfrute pleno de esta etapa de la vida, permitiéndole gozar de todos sus derechos como persona, con respeto a su dignidad e historia de vida, así como su lugar en la sociedad. La protección comprende una serie de acciones de diversa índole encaminadas a preservar y optimizar la calidad de vida de las personas. Incluye en las acciones aquellas dirigidas a prevenir situaciones que afecten la salud, la vida, la independencia o derechos; evitar aparición de discapacidades o retrasarlas y minimizarlas; estimular la creatividad que contribuya a dar sentido a la vida; rescatar las capacidades funcionales que aún tengan posibilidades de desarrollo; promover la conservación de la autoestima y facilitar su integración social y productividad personal; preservar la participación e interacción de las personas con su entorno familiar y social; promover una representación más positiva de la vejez como un ciclo con posibilidades y con experiencias y riquezas que pueden ser puestas a disposición de la sociedad y que es de inestimable valor. Las acciones de protección involucran desde los propios individuos hasta familias, instituciones, organizaciones, etc. pero por sobre todo, es una responsabilidad colectiva de toda la sociedad hacia los colectivos en situación de vulnerabilidad (Ej. ancianos, etc.). Serán protegidos de nuevas situaciones; agresiones personales o colectivas; complicaciones a situaciones ya existentes; pérdida de capacidades; abuso o maltrato; abandono, discriminación o marginación. Las acciones de protección deben encararse con un enfoque integral teniendo en cuenta el equilibrio que se requiere (físico, psicológico, social y funcional). La protección abarca el cuidado de todas estas áreas trascendiendo a las familias y al entorno. Para alcanzar un buen envejecer es necesario que las personas se preparen a través de un proceso que debe iniciarse desde las primeras etapas y a lo largo de toda la vida.
La protección de las personas mayores implica un cambio de concepción de la misma, debiendo pasar del mero cuidado al énfasis en el derecho que tienen de ser promovidos con el propósito de mantenerse integrados activamente en la sociedad. El colectivo de adultos mayores constituye un grupo en acelerado aumento, con tiempo disponible, con 10 o 15 años de media de vida útil y productiva que socialmente se encuentran marginados y desplazados (Cruz, A., Pérez, L., 2006). Dicho proceso puede revertirse a través de acciones promocionales que contribuyan a la integración y participación en la vida social y entre ellas se destaca las actividades de voluntariado, a través de las cuales las personas mayores pueden continuar sintiéndose útiles, activas y productivas constituyendo un estilo de vida saludable que favorece la autonomía y contribuye al aumento de la autoestima. Las acciones de los adultos mayores en beneficio de la sociedad suponen ventajas para la sociedad, para las organizaciones, para los voluntarios y para los propios adultos mayores. Estos poseen riqueza de conocimientos, actitudes, habilidades, así como redes sociales, constituyendo un valioso capital humano para la sociedad, y es a través de las actividades voluntarias donde se desarrolla una oportunidad de utilizar esta riqueza de conocimientos, al mismo tiempo que beneficia tanto al voluntario como a toda la sociedad (Cruz Roja, 1990).

Afrontamiento de la Jubilación La jubilación es un acontecimiento importante en la vida de la persona; implica la elección de un estilo de vida que no surge en un momento dado, sino que es un proceso continuo de identificación de deseos, necesidades, desarrollo de planes, lo que constituye la esencia de una correcta planificación de la jubilación. La pérdida de la capacidad adquisitiva y de las habilidades o capacidades personales, de la red de relaciones y de la propia identidad, son situaciones estresantes; sin embargo, no todas las personas enfrentan situaciones de crisis al dejar de trabajar y en caso de presentarse difiere en cada caso. Existen muchos factores que condicionan el afrontamiento positivo o negativo así como el logro de una adecuada adaptación. Entre ellos se destacan: el tipo de trabajo realizado; nivel de ingresos; situación de salud; factores psicológicos, físicos o sociales que inciden en la vivencia de la jubilación (Reitzes y Mutran, 2004). Aquello que incide en forma más relevante es la actitud con que la persona enfrenta la salida laboral, lo cual predispone a una mejor o peor adaptación a la jubilación.

Proceso de adaptación a la inactividad laboral. El cese de la actividad laboral produce diversos efectos. La jubilación implica un proceso personal de adaptación a una nueva situación, donde existen potencialmente efectos positivos y negativos para la persona. Existen comportamientos que inciden en la adaptación que puede ser la aceptación a la nueva situación, intentar cambiar esa nueva situación, renunciar a sus intereses, aislarse de sus relaciones sociales, etc. Las actitudes negativas influyen sobre la satisfacción general y las actitudes positivas promueven el aprovechamiento de las ventajas de esta nueva etapa libre de obligaciones laborales. Según Atchley, en el proceso de adaptación se suceden una serie de fases que cada persona atraviesa y a su vez intervienen un conjunto amplio de variables que condicionan y mediatizan dicho proceso por lo cual aparecen importantes diferencias interindividuales.

Actitud ante la jubilación. Tiempo atrás la jubilación constituía el símbolo del final de la vida. Luego pasó a ser el tiempo de la vida para el cual la gente trabaja, concepto dominante hoy en día. Diferentes investigaciones han demostrado que los trabajadores esperan con ansia el momento de la jubilación. Ello no implica renunciar a una actividad que ha llenado la existencia de la persona durante toda la vida adulta. Esta transición requiere un proceso de preparación emocional del nuevo rol con suficiente antelación que se denomina: socialización anticipatoria. Para que la jubilación constituya una opción agradable desde el punto de vista psicológico, Ekerdt hace hincapié en “mantenerse activo”.
La estructuración del tiempo existente durante la vida laboral debe reformularse en la etapa de la jubilación. Múltiples circunstancias laborales y sociales entre las que se destacan la formación, el nivel educacional, el puesto de trabajo, etc., inciden en que la jubilación constituya un motivo de satisfacción o de contrariedad. En ambos casos inciden una serie de factores de orden material, de salud físico – psíquica, de relaciones sociales que condicionan la adaptación. Ante el cambio que significa la jubilación, surgen miedos (económico, sentimiento de inutilidad e improductividad, pérdida de vínculos sociales, pérdida de status, falta de ocupación del tiempo libre, retorno al hogar, etc.) que exigen en la persona un proceso de reajuste tanto en lo individual, familiar y social.



sábado, 2 de julio de 2016

Sabiduría y envejecimiento
La búsqueda de la sabiduría es tan antigua y universal como la humanidad misma. La sabiduría ha sido percibida como el ápice ideal del desarrollo humano. El estudio psicológico de la sabiduría es bastante reciente comparado a su estudio filosófico, si consideramos que el mismo significado de la Filosofía es “ansia o búsqueda de la sabiduría” sin pretender alcanzarla nunca. Siendo tradicionalmente por largo tiempo una cuestión concebida por -y relegada a- la reflexión filosó- fica, religiosa o espiritual, la sabiduría se ha restablecido como objeto de investigación teórica y empírica en tanto constructo científico de las ciencias humanas. Este ensayo no pretende ser una revisión histórica exhaustiva de la literatura acerca de la sabiduría, sino que se focaliza en los avances propuestos en las últimas décadas en la conceptualización científica y evaluación psicológica de este constructo. En este sentido, primero, se describe la significación del concepto sabiduría en la lengua hispana y en las Escrituras Bíblicas. Segundo, se abordan las teorías implícitas y explícitas, distinguiendo las teorías de la personalidad madura y las teorías de naturaleza cognitiva. En éstas últimas se propone analizar dos perspectivas: 1. La tradición neo-piagetiana y el modelo del estadio postformal; y 2. El enfoque del Ciclo Vital, focalizando en uno de lo modelos dominantes en la actualidad: el Berlin Wisdom Paradigm, y su propuesta de evaluación del conocimiento relativo a la sabiduría. Tercero, se abordan los factores facilitadores de la emergencia y desarrollo de la sabiduría en el ciclo vital y particularmente en la vejez. Por último, se revisa la cuestión aun controvertida de la relación entre sabiduría y edad.
El termino sabiduría deriva de saborear. La palabra no estaba ligada en sus orígenes con la posesión de conocimientos, sino con simplemente saborear, gustar y deleitarse de la verdad y del anhelo de saber. Cuando se aplica a asuntos prácticos, la sabiduría es sinónimo de prudencia y sagacidad. El Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, 2001) define este término como: - Grado más alto del conocimiento. - Conducta prudente en la vida o en los negocios. - Conocimiento profundo en ciencias, letras o artes, que se adquiere a través del estudio o de la experiencia. - Noticia, juicio. - Prudencia, cuidado del comportamiento, modo de conducirse en la vida.

 En la Biblia ya se había declarado la riqueza del camino de la sabiduría (Job 11:6)1 2, exponiendo una suerte de elogio de la sabiduría en el libro de Job: “La sabiduría es mejor que las piedras preciosas” (Job 28:18; Pr. 8:11); y de sus ventajas y beneficios para quienes la persiguen en los Proverbios escritos por el sabio rey Salomón -conocidos como sapiencia o El libro de la Sabiduría (Sociedad Bíblica Internacional, 2005). En ellos se observa que la sabiduría no es una cualidad asociada a la edad y un atributo exclusivo de la vejez: “Pero lo que da entendimiento [discernimiento, sabiduría] al hombre es el espíritu que en él habita; ¡es el hálito del Todopoderoso! No son los ancianos los únicos sabios, ni es la edad la que hace entender lo que es justo (Job 32:7-9). No obstante, se reconoce el valor del tiempo y la experiencia de la vida: “Entre los ancianos se halla la sabiduría; en los muchos años, el entendimiento” (Job 12:12). El término sabiduría utilizado en las Escrituras deriva del vocablo hebreo y arameo jokmâh en el original que significa “pericia”, “sabiduría”, y del vocablo griego sophia, refiriéndose a la cualidad de buen juicio desarrollada a partir de la experiencia, la observación y la reflexión. La sabiduría es una función de la mente educada, que los escritores bíblicos afirman que proviene del Señor (Job 28:20, 23, 27; Salmo 111:10; Daniel 2:20). Los evangelios (Lucas 7:34; Mateo 11:18) afirman que la sabiduría queda demostrada por los hechos y por los que la practican; vemos aquí la referencia a la experiencia y a su carácter pragmático. A la vez, se relaciona el uso de la sabiduría con el afrontamiento de situaciones críticas y dificultades (Santiago 1:5, 6). Estas ideas, que a menudo suelen pasarse por alto desde una mirada legalista y dogmática o bien ligera de las Escrituras, lejos de mostrar a la sabiduría como una entelequia mística, una verdad demostrativa o una cualidad propia de la divinidad, desvinculada de la vida secular, la describen más bien en su complejidad y riqueza pero a la vez profundamente relacionada con la orientación de la vida humana, y el desarrollo del carácter de la persona sabia.
En una aproximación al estudio psicológico de la sabiduría, Staudinger (2007) reconoce que la identificación de la sabiduría con el pensamiento y el carácter de la persona ha sido el enfoque predominante, identificando las características de las denominadas “personas sabias”; sin embargo, éste es sólo una aproximación posible entre otras. Los esfuerzos iniciales desde la Psicología en determinar formal y sistemáticamente el contenido y las propiedades del fenómeno relativo a la sabiduría, han sido en general teoréticos y especulativos. Por ejemplo, en 1922 el gerontólogo Stanley Hall (2006) en su clásico libro Senescence: The Last Half of Life, definió la sabiduría como la emergencia de una actitud meditativa y el deseo u orientación de aprender de las lecciones de la vida en la vejez. La propuesta pionera de Erikson (1963) sobre el ciclo vital situaba la sabiduría como una virtud emergente en el último estado de la vida. Estos modelos aún no ofrecían suficiente precisión conceptual para una evaluación científica, y contaban con escaso apoyo empírico. A fines del siglo pasado, Clayton y Birren (1980) asociaron la sabiduría a un tipo de inteligencia capaz de operar según los principios de contradicción, paradoja y cambio. Sternberg (1990, 2001), Staudinger (1999) y Kramer (1990), coinciden en calificar a la sabiduría como el intento de alcanzar un juicio moderado entre extremos, una dinámica entre la duda y la certidumbre, un suficiente distanciamiento de la situación-problema actual, y una coordinación equilibrada de la emoción, la motivación y el pensamiento. Estos autores distinguen las respuestas sabias de la comprensión inteligente, ya que ésta se refiere a aspectos formales y descontextualizados; mientras que la sabiduría se refiere a un conocimiento interpretativo acerca de las cuestiones difíciles del significado de la vida, de la condición humana y la conducta social, de la incertidumbre de la vida y de la limitación del conocimiento humano. La mayoría de los psicólogos cognitivistas consideran a la sabiduría como distinta de las habilidades o aptitudes intelectuales medidas por las pruebas de inteligencia; es concebida más bien como un atributo de la interfase entre la personalidad y la inteligencia (Staudinger, 1999), que puede ser desarrollado por la experiencia de vida, pero difícilmente ense- ñado. De todas maneras, se trata de un fenómeno complejo que desafía la investigación empírica, y ciertamente el intento de aplicación de métodos y técnicas científicas modifica el fenómeno bajo estudio. Consideramos que la revisión crítica de la delimitación conceptual de este constructo requiere de una reflexión epistemológica y de un abordaje metateórico. No obstante, algunos de los intentos de conceptualización, operacionalización, evaluación y medición de este constructo han prosperado y acumulado una interesante evidencia empírica que permite esclarecer y comprender su génesis y su desarrollo, y su relación con otros fenómenos y procesos psicológicos asociados. En este sentido, cabe señalar el esfuerzo, recientemente publicado en The Gerontologist (Jeste et al., 2010), llevado a cabo por un grupo de investigadores representativos en este campo de la Universidad de California en San Diego, reunidos a fin de esclarecer la significación y definir por consenso unánime a la sabiduría mediante el método Delphi, incluyendo dos fases de investigación con consulta a investigadores y expertos de universidades de diversos países, desde una perspectiva multidisciplinar Se incluyeron un total de 53 afirmaciones relacionando y discriminando entre sabiduría, inteligencia y espiritualidad. Acordaron en que la sabiduría es una entidad o propiedad distintiva propiamente humana, que involucra un conjunto de características: es una forma de desarrollo cognitivo y emocional avanzado que es derivado por la experiencia, es una cualidad de la personalidad, no común en la población, la cual puede ser aprendida, se incrementa con el avance de la edad, es susceptible de medición, y no puede ser inducida mediante métodos artificiales o fármacos. El estudio empírico de la sabiduría ha progresado fundamentalmente bajo el paradigma cognitivo y la Psicología Positiva (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000; Scheibe, Kunzmann y Baltes, 2008). Desde las últimas décadas observamos un renacer del estudio científico psicológico de este constructo, propiciado, en parte, por los avances en la investigación gerontológica y del curso vital, en su orientación a la comprensión del potencial cognitivo en la vejez, de los aspectos positivos, y de los dominios del funcionamiento intelectual que no parecen demostrar una declinación o deterioro asociado a la edad. Esta observación nuestra es compartida por Bundock (2009).

Hacia la conceptualización científica y operacionalización de la sabiduría El concepto de “sabiduría” (wisdom) ha despertado creciente interés en las ciencias del comportamiento y del desarrollo humano, ya que es considerada el “pináculo” del desarrollo humano (Baltes y Staudinger, 2000). Existen diferentes conceptualizaciones, dando cuenta del carácter mutidimensional y multifacético de este constructo, las cuales varían en términos del número, las cualidades, los componentes y la significación de sus dimensiones, y a su vez, plantean distintos criterios para su operacionalización y su evaluación y medición (Ardelt, 2003; Staudinger, 1999; Bundock, 2009; Greene y Brown, 2009; Sternberg, 1990). Tal es así que Pelechano (2006) sugiere que existen diversas formas de sabidur- ía, aplicables a distintos contextos de la vida y momentos evolutivos, no necesariamente relacionadas entre sí y que requieren de instrumentación distinta para su evaluación (conf. p. 303-304). En Psicología, se ha aproximado al constructo sabidur- ía generalmente desde tres grandes perspectivas (Sternberg, 1990): - La integración mente y virtud, que incluye la capacidad de resolver dilemas reales y cotidianos. - El pensamiento post-formal, como un pensamiento dialéctico y la posibilidad de una re-estructuración cognitiva y un conocimiento excepcional. - El conocimiento pragmático y experiencial, que supone el aprendizaje de experiencias de vida y resolución de crisis a lo largo del curso vital, incluyendo el sentido común. Considerando las líneas teóricas acerca del constructo sabiduría que se han perfilado en la literatura en el campo de las ciencias humanas, éstas suelen agruparse en dos perspectivas principales: teorías implícitas y teorías explícitas -como señalan Meléndez Moral y Gil Llario (2004) en su artículo de revisión. No obstante, es posible distinguir, a nuestro criterio, dos perspectivas explícitas claramente diferenciales: 1. Las teorías de la personalidad madura y 2. Las teorías de naturaleza cognitiva. En éstas últimas podemos reconocer dos enfoques: a) el enfoque dialéctico-neoconstructivista, donde destacamos la tradición neo-piagetiana y el modelo del pensamiento postformal, y b) el enfoque del Ciclo Vital, acerca del conocimiento experto y la experiencia en el funcionamiento adaptativo. Entre las teorías de la personalidad madura, unas ponen el acento en aspectos personales, otras en aspectos reflexivos, otras en lo cognitivo y otras en la complejidad e integración de múltiples aspectos, factores y dominios interactuantes, tanto en cuanto a la emergencia como al desarrollo de la sabiduría.


viernes, 1 de julio de 2016

El deterioro de la memoria con la edad es selectivo

Frente a la creencia generalizada, los mayores recuerdan mejor de lo que se cree. O por lo menos, la pérdida cognitiva asociada a la vejez varía según la memoria de la que se hable.
Ésa es una de las conclusiones de la investigación que han llevado a cabo Alaitz Aizpurua, de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), junto a la profesora Wilma Koutstaal de la Universidad de Minnesota en un artículo publicado en Conciousness and Cognition: “Los mayores recuerdan menos detalles específicos que los jóvenes, y, en general, tanto unos como otros conservan mejor las informaciones concretas de los hechos vividos que las abstractas”, explica la investigadora.
La razón por la que surgió la idea de este estudio, durante la estancia de Aizpurua en Minneapolis, se debe a que las autoras detectaron ciertas lagunas en la habitual manera de analizar en otras investigaciones la memoria autobiográfica —los recuerdos sobre los que construimos nuestra identidad o Yo―. “Se preguntaba a mayores y a jóvenes por hechos acaecidos en un momento determinado, el mismo para ambos, pero para los adultos mayores era mucho mayor el intervalo de tiempo transcurrido desde dicho suceso”, apunta la psicóloga de la UPV/EHU, “si a un adulto joven se le pregunta por un acontecimiento de su infancia, deberá retroceder 10-15 años; un adulto mayor, en cambio, 40 años, o más”.
Por este motivo decidieron alterar el patrón de las entrevistas, en el experimento realizado para la investigación, planteando las mismas cuestiones a adultos mayores y adultos jóvenes —se pidió a los participantes que recordaran tres hechos de su vida personal: algo que tuvo lugar el último año (salvo el último mes), algo acaecido el último mes (salvo la última semana) y algo sucedido la última semana (salvo el último día)—. Su conclusión fue que la principal diferencia entre los adultos obedecía a la capacidad de recordar los hechos más remotos: los jóvenes lo hacen mejor porque tienen que remontarse menos años.
Debido a esto en la investigación es necesario diferenciar la memoria procedimental, que responde a las habilidades técnicas que empleamos para realizar acciones, y la memoria semántica, la relacionada con el lenguaje y los conceptos, de la memoria episódica, que recuerda hechos (episodios) de nuestra vida personal. Es en ésta en la que se dan las mayores diferencias, aunque “modestas” matizan las investigadoras, entre las personas que fueron cuestionadas para el estudio.
Diferentes formas de recordar
Pese a lo que se pueda pensar, el deterioro de la memoria comienza a producirse muchas décadas antes de lo que comúnmente se considera la vejez. Diversas investigaciones neuropsicológicas demuestran que la pérdida cognitiva comienza a los 20 años, pero que apenas la percibimos debido a que contamos con la suficiente capacidad para hacer frente a las necesidades de la vida cotidiana. La disminución de la capacidad para recordar se vuelve más perceptible entre los 45 y los 49 años, y general a partir de los 75, aproximadamente. Pero al investigar sobre este hecho comienzan a verse matices en el proceso degenerativo, como describe Aizpurua: “Algunos tipos de memoria lo sufren más que otros. En la vejez, el deterioro aparece en la memoria episódica, pero no en la semántica. Dicho tipo de memoria (semántica) y la procedimental se mantienen, en algunos casos incluso mejoran, y se reduce la memoria episódica, la que conserva los recuerdos detallados”.
Como curiosidad final, en las discusiones del paper se menciona que tanto jóvenes como ancianos, además de recordar con menor precisión el pasado, puntúan sus recuerdos recientes como menos relevantes y emocionalmente significativos que aquellos que están más distantes en el tiempo.