Actitud y miedo ante la muerte en adultos mayores
El envejecimiento según Pérez (2006), es un proceso
dinámico, gradual, progresivo e irreversible. Según la teoría de Ericsson
(1963), todos los seres humanos en las diversas etapas del ciclo vital
atravesamos por una serie de crisis que permiten o no superar los cambios que
se presenten en cada una de ellas, pero específicamente en la adultez mayor la
crisis se relaciona con la evaluación que hace la persona de su vida, en donde
por un lado, puede aceptar la manera como ha vivido, se muestra interesado por encontrar
motivaciones y lograr un sentido de integridad, desarrollando lo que denomina
el autor «sabiduría», que le permite tener una mayor aceptación de su muerte.
En el caso contrario el adulto mayor puede desarrollar la «Desesperanza» en
donde no acepta la realidad inevitable de los cambios y la muerte, siente que
el tiempo y las oportunidades en su vida se han agotado, generando sentimientos
de amargura y desesperación por el tiempo perdido, lo cual les dificulta
sobrepasar los cambios propios de esta etapa de desarrollo (Barraza y Uranga,
s.f.). De esta manera, la llegada a la adultez mayor pone a la persona ante un
sinnúmero de cambios y pérdidas que repercuten de una u otra manera en la
calidad de vida, su estabilidad emocional, y trae consigo la conciencia de
saber que la muerte esta cada vez más cerca. En la cultura occidental se evade
con mayor frecuencia la temática, debido a que es considerada un tabú y se
asocia con miedo a lo desconocido, al dolor y el sufrimiento, generando una
negación permanente y colectiva, (Vilches, s.f.). Los jóvenes con relación a
este aspecto, muestran un menor grado de conciencia de la realidad innegable de
la muerte y los cuestionamientos alrededor de la misma son esporádicos, en
comparación con los adultos mayores en donde perciben una mayor proximidad con
la misma, que los lleva apropiarse de su llegada y a concebirla como algo
inminente, lo cual es el resultado de haber vivido y enfrentado numerosas
pérdidas físicas, sociales y psicológicas durante su ciclo vital. Lo anterior
se convierte en un entrenamiento que le permite enfrentar y responder a las
exigencias de las limitaciones finales y a la presencia de la enfermedad o la
muerte (Barraza y Uranga, s.f.; Viguera, 2005); En general se puede decir que las
personas, sea cual sea su edad, desconocen las condiciones en que la muerte
llegará a sus vidas. Sin embargo, la incertidumbre y el temor al no saber el
lugar, la edad, el momento y, sobretodo, la forma en que van a morir, genera en
los seres humanos un sinnúmero de sensaciones. Teniendo en cuenta lo anterior
es posible decir, que la construcción del concepto de muerte en el adulto mayor
está mediada por diversos factores, entre ellos está el presenciar muertes
cercanas, las enfermedades, el distanciamiento de los hijos, las separaciones,
la jubilación, las pérdidas vividas y la elaboración de duelos correspondientes
(Viguera, 2005); todo ello influenciado por la cultura, donde específicamente
en la occidental, los conceptos más comunes en relación al tema de la muerte,
se operacionalizan en que es un hecho biológico por el que atraviesa todo ser
humano, un rito de traspaso, algo inevitable, un hecho natural, un castigo, la
realización de la voluntad de Dios, entre otros. Por tanto, se puede decir que
las representaciones sociales como una forma de conocimiento de la realidad, se
configuran en los adultos mayores desde las propias expectativas, al igual que
con sus ideas de aceptación personal y psicológica (Pinazo y Bueno, 2004). De
esta manera las representaciones se orientan en dos líneas básicamente, por un
lado esta una concepción religiosa en donde la muerte se considera como un
proceso para llegar a la otra vida, donde hay un encuentro con un Dios supremo
o hay una reencarnación; y por otro lado, esta la concepción de muerte
simplemente como la culminación del ciclo vital del ser humano; sin embargo, no
se debe dejar de lado el significado que tenga la muerte para cada persona la
(Vilches, s.f.). Cuando se habla de la muerte surgen dos variable importantes,
una es la relacionada con los miedos que esta suscita y otra son las actitudes
que asume el adulto mayor ante la misma. La muerte al tener un carácter
desconocido y al no saber con certeza que sucede después de ella, genera en la
sociedad occidental diversos temores o miedos, orientados principalmente al más
allá, al juicio de Dios, a dejar a sus seres queridos, pero sobretodo el miedo
más marcado es afrontar una agonía o dolores que no puedan soportar (Viguera,
2005). A lo anterior se une el planteamiento de Vilches, (s.f.) quien considera
que el temor se dirige además a la enfermedad prolongada, a la invalidez, al
deterioro e incapacidad. Es por esta razón que la llegada a la adultez al estar
más cerca de la culminación de la vida, lleva a que surjan con mayor precisión
dichos temores, originando ansiedad y tensión en el adulto mayor que repercute
en muchos casos en las relaciones familiares y en el estilo y calidad de vida
que se tenga, llevando a que las personas asuman ciertas actitudes que impiden
enfrentar sanamente todos los cambios presentes en la adultez mayor. En
relación a las actitudes Barraza y Uranga (s.f.) consideran que los adultos
mayores pueden experimentar varias de ellas, dependiendo el estilo de
afrontamiento que tengan. En primer lugar puede existir una actitud de
indiferencia, donde el adulto mayor se muestra resistente al tema de la muerte,
quitándole importancia a dicho momento. En segundo lugar una actitud de temor
puede verse reflejada en el momento en donde el adulto trata en lo posible
evitar cualquier aspecto relacionado con la muerte, y sus expresiones sólo se
orientan a manifestar sus quejas de dolor y sufrimiento. En tercer lugar
también puede aparecer una actitud de descanso, en donde el tema de la muerte
es entendido como la culminación del sufrimiento y por ende de la llegada de
paz y de tranquilidad, esta actitud está más presente en las personas que han
padecido de alguna enfermedad crónica. Finalmente, la actitud de serenidad
puede darse cuando el adulto mayor se siente satisfecho con lo vivido y por
tanto se siente preparado para la llegada de la muerte. Diversos autores
consideran que existen una serie de estrategias que permiten superar o
controlar dichos miedos, como lo es el poder hablar de ellos, escribirlos, o
reestructurar los mitos que hay en relación a la muerte, así mismo los grupos
de apoyo se convierten en un espacio de soporte emocional, en donde la
interacción con otras personas de la misma edad contribuye a disminuir el
sufrimiento que puede generar los miedos (Viguera, 2005). Cuando los miedos son
superados en el adulto mayor se encuentra a una persona con proyectos, con un
entusiasmo y positivismo, hay mejor manejo del tiempo y se presenta una mayor
disposición para disfrutar de los momentos de la vida lo que se relaciona con
un nivel educativo y un buen estado de salud (Vilches, s.f.). De este modo
Barraza y Uranga (s.f.), mencionan que la muerte es aceptada cuando hay un
reconocimiento por parte del adulto mayor de que sus funciones cada vez se pueden
deteriorar más y que esto puede ocasionar limitaciones físicas que los lleve
finalmente a perder roles importantes dentro de la sociedad; además el hecho de
que se origine un distanciamiento entre generaciones lo lleva de una u otra
manera a hacerse la idea de que la muerte ya no es una realidad lejana, y que
por tanto debe aceptarla positivamente y sin temores; sin embargo, la realidad
es que esto no es tarea fácil ya que el adulto mayor constantemente realiza
balance entre aceptación y rechazo de su propia muerte. Todo lo anterior lleva
al tema del afrontamiento, ya que es aquel que repercute positivamente en el
bienestar psicológico y permite una mayor adaptación a las situaciones
problemática (Krzeim, Monchietti y Urquijo, 2005). Por tanto, al ser la adultez
mayor una etapa en donde se presentan una serie de crisis, las cuales pueden
verse como perturbaciones o como aprendizajes, es allí donde las estrategias de
afrontamiento asertivas permitirán que la persona no sólo tenga una adaptación
satisfactoria a esta etapa, sino lleva a que esta tenga un control emocional,
que favorezca una imagen positiva de sí mismo, el apropiarse de las
competencias que se tienen y sostener relaciones sociales, que llevan
finalmente a que la persona se entrene para futuras problemáticas. Por tanto,
las estrategias de afrontamiento pueden orientarse por dos lo líneas: formas
activas de afrontamiento y formas pasivas. En las primeras la persona retoma
todos sus esfuerzos para enfrentar la situación problemática y así mismo aprender
de ella, abarcándolo de forma más positiva, y dándole un significado distinto
al problema, mientras que las formas pasivas llevan a que la persona
continuamente esté evitando dichas situaciones y por ende no se genere un
aprendizaje de las mismas. (Krzeim, Monchietti y Urquijo, 2005; Zamarrón y
Dolores, 2006). Específicamente en los adultos mayores el afrontamiento tiende
a ser mas éxitoso, debido a que están continuamente involucrados en situaciones
problemáticas que están fuera de su control, tales como la enfermedad crónica,
la muerte de familiares y amigos, la discapacidad y la cercanía de la propia
muerte, a lo que se agregan todas la experiencias vividas en etapas anteriores
(Stefani y Feldberg, 2006). Por todo lo anterior se puede decir que aunque la
adultez mayor pone de cara al ser humano al tema de la muerte, el sano
envejecimiento permite que el adulto viva de manera mas satisfactoria esta
etapa con una mejor calidad de vida (Barraza y Uranga, s.f.) a lo que se une
que cuente con un sistema de apoyo ya sea social o familiar que le permitan
compensar sus dolencias y cambios. Entre las redes de apoyo más importante se
puede mencionar las creencias religiosas, filosóficas, sociales. Es así como el
papel de los profesionales de la salud debe orientarse a lograr que las
personas conceptualicen positivamente la llegada a la adultez mayor, e
igualmente que se tenga una mayor conciencia de la propia vida y de la muerte,
que contribuya a que la persona se sienta mejor consigo misma, que mejore su
autoestima y el cuidado de sí y de los demás, así como también trabaje por
lograr sus proyectos, evitando así las conductas autodestructivas (Vilches,
s.f.).

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