miércoles, 22 de junio de 2016

Actitud y miedo ante la muerte en adultos mayores

El envejecimiento según Pérez (2006), es un proceso dinámico, gradual, progresivo e irreversible. Según la teoría de Ericsson (1963), todos los seres humanos en las diversas etapas del ciclo vital atravesamos por una serie de crisis que permiten o no superar los cambios que se presenten en cada una de ellas, pero específicamente en la adultez mayor la crisis se relaciona con la evaluación que hace la persona de su vida, en donde por un lado, puede aceptar la manera como ha vivido, se muestra interesado por encontrar motivaciones y lograr un sentido de integridad, desarrollando lo que denomina el autor «sabiduría», que le permite tener una mayor aceptación de su muerte. En el caso contrario el adulto mayor puede desarrollar la «Desesperanza» en donde no acepta la realidad inevitable de los cambios y la muerte, siente que el tiempo y las oportunidades en su vida se han agotado, generando sentimientos de amargura y desesperación por el tiempo perdido, lo cual les dificulta sobrepasar los cambios propios de esta etapa de desarrollo (Barraza y Uranga, s.f.). De esta manera, la llegada a la adultez mayor pone a la persona ante un sinnúmero de cambios y pérdidas que repercuten de una u otra manera en la calidad de vida, su estabilidad emocional, y trae consigo la conciencia de saber que la muerte esta cada vez más cerca. En la cultura occidental se evade con mayor frecuencia la temática, debido a que es considerada un tabú y se asocia con miedo a lo desconocido, al dolor y el sufrimiento, generando una negación permanente y colectiva, (Vilches, s.f.). Los jóvenes con relación a este aspecto, muestran un menor grado de conciencia de la realidad innegable de la muerte y los cuestionamientos alrededor de la misma son esporádicos, en comparación con los adultos mayores en donde perciben una mayor proximidad con la misma, que los lleva apropiarse de su llegada y a concebirla como algo inminente, lo cual es el resultado de haber vivido y enfrentado numerosas pérdidas físicas, sociales y psicológicas durante su ciclo vital. Lo anterior se convierte en un entrenamiento que le permite enfrentar y responder a las exigencias de las limitaciones finales y a la presencia de la enfermedad o la muerte (Barraza y Uranga, s.f.; Viguera, 2005); En general se puede decir que las personas, sea cual sea su edad, desconocen las condiciones en que la muerte llegará a sus vidas. Sin embargo, la incertidumbre y el temor al no saber el lugar, la edad, el momento y, sobretodo, la forma en que van a morir, genera en los seres humanos un sinnúmero de sensaciones. Teniendo en cuenta lo anterior es posible decir, que la construcción del concepto de muerte en el adulto mayor está mediada por diversos factores, entre ellos está el presenciar muertes cercanas, las enfermedades, el distanciamiento de los hijos, las separaciones, la jubilación, las pérdidas vividas y la elaboración de duelos correspondientes (Viguera, 2005); todo ello influenciado por la cultura, donde específicamente en la occidental, los conceptos más comunes en relación al tema de la muerte, se operacionalizan en que es un hecho biológico por el que atraviesa todo ser humano, un rito de traspaso, algo inevitable, un hecho natural, un castigo, la realización de la voluntad de Dios, entre otros. Por tanto, se puede decir que las representaciones sociales como una forma de conocimiento de la realidad, se configuran en los adultos mayores desde las propias expectativas, al igual que con sus ideas de aceptación personal y psicológica (Pinazo y Bueno, 2004). De esta manera las representaciones se orientan en dos líneas básicamente, por un lado esta una concepción religiosa en donde la muerte se considera como un proceso para llegar a la otra vida, donde hay un encuentro con un Dios supremo o hay una reencarnación; y por otro lado, esta la concepción de muerte simplemente como la culminación del ciclo vital del ser humano; sin embargo, no se debe dejar de lado el significado que tenga la muerte para cada persona la (Vilches, s.f.). Cuando se habla de la muerte surgen dos variable importantes, una es la relacionada con los miedos que esta suscita y otra son las actitudes que asume el adulto mayor ante la misma. La muerte al tener un carácter desconocido y al no saber con certeza que sucede después de ella, genera en la sociedad occidental diversos temores o miedos, orientados principalmente al más allá, al juicio de Dios, a dejar a sus seres queridos, pero sobretodo el miedo más marcado es afrontar una agonía o dolores que no puedan soportar (Viguera, 2005). A lo anterior se une el planteamiento de Vilches, (s.f.) quien considera que el temor se dirige además a la enfermedad prolongada, a la invalidez, al deterioro e incapacidad. Es por esta razón que la llegada a la adultez al estar más cerca de la culminación de la vida, lleva a que surjan con mayor precisión dichos temores, originando ansiedad y tensión en el adulto mayor que repercute en muchos casos en las relaciones familiares y en el estilo y calidad de vida que se tenga, llevando a que las personas asuman ciertas actitudes que impiden enfrentar sanamente todos los cambios presentes en la adultez mayor. En relación a las actitudes Barraza y Uranga (s.f.) consideran que los adultos mayores pueden experimentar varias de ellas, dependiendo el estilo de afrontamiento que tengan. En primer lugar puede existir una actitud de indiferencia, donde el adulto mayor se muestra resistente al tema de la muerte, quitándole importancia a dicho momento. En segundo lugar una actitud de temor puede verse reflejada en el momento en donde el adulto trata en lo posible evitar cualquier aspecto relacionado con la muerte, y sus expresiones sólo se orientan a manifestar sus quejas de dolor y sufrimiento. En tercer lugar también puede aparecer una actitud de descanso, en donde el tema de la muerte es entendido como la culminación del sufrimiento y por ende de la llegada de paz y de tranquilidad, esta actitud está más presente en las personas que han padecido de alguna enfermedad crónica. Finalmente, la actitud de serenidad puede darse cuando el adulto mayor se siente satisfecho con lo vivido y por tanto se siente preparado para la llegada de la muerte. Diversos autores consideran que existen una serie de estrategias que permiten superar o controlar dichos miedos, como lo es el poder hablar de ellos, escribirlos, o reestructurar los mitos que hay en relación a la muerte, así mismo los grupos de apoyo se convierten en un espacio de soporte emocional, en donde la interacción con otras personas de la misma edad contribuye a disminuir el sufrimiento que puede generar los miedos (Viguera, 2005). Cuando los miedos son superados en el adulto mayor se encuentra a una persona con proyectos, con un entusiasmo y positivismo, hay mejor manejo del tiempo y se presenta una mayor disposición para disfrutar de los momentos de la vida lo que se relaciona con un nivel educativo y un buen estado de salud (Vilches, s.f.). De este modo Barraza y Uranga (s.f.), mencionan que la muerte es aceptada cuando hay un reconocimiento por parte del adulto mayor de que sus funciones cada vez se pueden deteriorar más y que esto puede ocasionar limitaciones físicas que los lleve finalmente a perder roles importantes dentro de la sociedad; además el hecho de que se origine un distanciamiento entre generaciones lo lleva de una u otra manera a hacerse la idea de que la muerte ya no es una realidad lejana, y que por tanto debe aceptarla positivamente y sin temores; sin embargo, la realidad es que esto no es tarea fácil ya que el adulto mayor constantemente realiza balance entre aceptación y rechazo de su propia muerte. Todo lo anterior lleva al tema del afrontamiento, ya que es aquel que repercute positivamente en el bienestar psicológico y permite una mayor adaptación a las situaciones problemática (Krzeim, Monchietti y Urquijo, 2005). Por tanto, al ser la adultez mayor una etapa en donde se presentan una serie de crisis, las cuales pueden verse como perturbaciones o como aprendizajes, es allí donde las estrategias de afrontamiento asertivas permitirán que la persona no sólo tenga una adaptación satisfactoria a esta etapa, sino lleva a que esta tenga un control emocional, que favorezca una imagen positiva de sí mismo, el apropiarse de las competencias que se tienen y sostener relaciones sociales, que llevan finalmente a que la persona se entrene para futuras problemáticas. Por tanto, las estrategias de afrontamiento pueden orientarse por dos lo líneas: formas activas de afrontamiento y formas pasivas. En las primeras la persona retoma todos sus esfuerzos para enfrentar la situación problemática y así mismo aprender de ella, abarcándolo de forma más positiva, y dándole un significado distinto al problema, mientras que las formas pasivas llevan a que la persona continuamente esté evitando dichas situaciones y por ende no se genere un aprendizaje de las mismas. (Krzeim, Monchietti y Urquijo, 2005; Zamarrón y Dolores, 2006). Específicamente en los adultos mayores el afrontamiento tiende a ser mas éxitoso, debido a que están continuamente involucrados en situaciones problemáticas que están fuera de su control, tales como la enfermedad crónica, la muerte de familiares y amigos, la discapacidad y la cercanía de la propia muerte, a lo que se agregan todas la experiencias vividas en etapas anteriores (Stefani y Feldberg, 2006). Por todo lo anterior se puede decir que aunque la adultez mayor pone de cara al ser humano al tema de la muerte, el sano envejecimiento permite que el adulto viva de manera mas satisfactoria esta etapa con una mejor calidad de vida (Barraza y Uranga, s.f.) a lo que se une que cuente con un sistema de apoyo ya sea social o familiar que le permitan compensar sus dolencias y cambios. Entre las redes de apoyo más importante se puede mencionar las creencias religiosas, filosóficas, sociales. Es así como el papel de los profesionales de la salud debe orientarse a lograr que las personas conceptualicen positivamente la llegada a la adultez mayor, e igualmente que se tenga una mayor conciencia de la propia vida y de la muerte, que contribuya a que la persona se sienta mejor consigo misma, que mejore su autoestima y el cuidado de sí y de los demás, así como también trabaje por lograr sus proyectos, evitando así las conductas autodestructivas (Vilches, s.f.).

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